Exalumnos en el Mundo
Eduardo Villouta, biólogo marino radicado en Nueva Zelanda
“El destino se hace, no se encuentra”
Creció en Chillán. Le gustaba el aire libre, el campo, la montaña, los ríos y el mar. Los veranos en Dichato y Bahía Inglesa, sumados a la influencia de su padre médico y de su abuelo farmacéutico y de El fascinante mundo submarino de Jacques Cousteau, lo acercaron a la biología marina.
A fines de su último año de colegio (1973) tomó la decisión seguir esa profesión. Había un solo problema, la carrera no se dictaba en Chile. Entró a Licenciatura en Biología en la Universidad de Chile, pero a fines de ese año, la Universidad de Concepción abrió Biología Marina. “Di mi prueba y postulé a la única carrera que quería seguir. Fui el niño-hombre más feliz cuando quedé aceptado”, señala.
¿Qué es lo que más recuerda de su época universitaria?
A pesar de no ser estrictamente mechón, por esto de venir de "la Chile", recuerdo bien la sensación de timidez y asombro del que llega a vivir solo a la gran ciudad de Concepción. La magia de la ciudad universitaria me recibió con los brazos abiertos. Viví en pensiones muy cerca del barrio universitario, y a pesar de que deambulaba bastante por la ciudad, recuerdo que a menudo en los fines de semana buscaba la paz y tranquilidad en los jardines y paseos del barrio universitario. Recuerdo la convivencia con mis compañeros y compañeras de carrera, las actividades festivas de la universidad, las semanas mechonas, las reinas, las peñas, las fiestas. Lo más significativo fue vivir en Dichato durante los dos últimos años de la carrera dictados en la Estación de Biología Marina de la UdeC. Fue mi sueño hecho realidad y marcaron profundamente mi vida profesional y personal. Sandra, mi esposa, es Dichatina.
¿Cómo inició su vida profesional?
Hacia fines de mis estudios, mi interés en el campo de las algas marinas había crecido bastante. Los dos profesores del departamento de Oceanología, Héctor Romo y Krisler Alveal, eran muy entusiastas y el laboratorio de algas bullía de actividad con visitas de expertos nacionales y extranjeros. Los estudiantes éramos acogidos en un cálido ambiente humano y atmósfera académica estimulante. Elegí hacer mi tesis en aspectos de fisiología de algas y comencé con una extensa revisión bibliográfica. Meses después, mis esfuerzos se vinieron al suelo cuando una noche que viajaba a ver a mi familia en Santiago, el bus se incendió, y con él mi revisión bibliográfica. En esos tiempos no existían los computadores personales, por lo tanto no tenía respaldos. Con la idea de variar y matar el chuncho, me entrevisté con otro algólogo, esta vez de la Universidad Católica, quien me aceptó como alumno tesista. Un año y medio después presente mi tesis y obtuve mi flamante titulo en la UdeC. Mi primer trabajo consistió en montar un laboratorio e iniciar las investigaciones de cultivos de algas en la Estación Costera de Investigaciones Marinas de la UC en Las Cruces. Un año y medio después me cambié al laboratorio de Ecología de la Universidad Austral, donde estuve a cargo de las operaciones de terreno de varios proyectos de ecología intermareal. Luego fui contratado en la planta docente del Instituto de Biología.
Tengo entendido que antes de radicarse en Nueva Zelanda viajó por distintos lugares y participó en documentales ¿Cómo fue esa experiencia?
Yo quería salir al extranjero a ampliar mis horizontes, tanto en lo profesional como en lo personal. Postulé sin éxito varias veces a las escasas becas disponibles en esos tiempos. Siempre llegue "segundo". Un día decidimos con Sandra romper las barreras que nos separaban de nuestros sueños y ambiciones y salir a buscar nuestro "destino", ese que se hace, y no se encuentra, con nuestros propios medios: nuestras ganas y nuestro esfuerzo. Nos embarcamos como tripulantes en un viejo y pequeño yate (12 metros) con rumbo al oeste. Nuestra ambición era llegar a Australia a buscar futuro. En la brutalidad de la practica aprendí más del mar, de navegación, de las maravillas de vida y la geografía desperdigada por el océano, y también aprendí de la dificultades de la convivencia cuando se está en medio de la nada, sin escape y en una cáscara de nuez.
Un día encontramos en el remoto atolón de Mangareva, un viejo barquito de madera, el Marco Polo. “Ese es nuestro futuro”, me dijo Sandra. Una mañana después de encontrar una excusa para bajar a tierra, me lancé a nado a hacer nuestro futuro. Llegué al Marco Polo y me entrevisté con los navegantes daneses dueños de la embarcación. Nos aceptaron como tripulantes con la condición de trabajar en todas las tareas de la embarcación, todas aquellas propias de la navegación, la mantención de la embarcación, y además participar en la producción de documentales. Fue así como aprendimos a filmar. Participamos en 58 documentales de media hora cada uno. Inicialmente hice cámara, pero después de adquirir más experiencia, me involucré en las distintas fases del trabajo, terminando con un rol de planificación y dirección.
¿Cómo llegaron a radicarse en Nueva Zelanda?
Después de visitar en la Polinesia Francesa, Islas Cook, Samoa, Tonga, y Fiji, tuvimos que venir a Nueva Zelanda para reparar el barco. Recordé que durante mi tesis había tenido contacto con un algólogo de Nueva Zelanda y decidí entrevistarme con él para preguntarle si sabía de alguna posibilidad de trabajo. Su acogida fue excelente y me comentó que posiblemente se abriría un cargo de ecólogo/algólogo en el Department of Conservation (DOC), al cual podría postular. Nuestra navegación continuó y recorrimos el resto del Pacifico: Australia, Papua Nueva Guinea, Palau, Filipinas, Taiwán, y finalmente China, completando así dos años de navegación y aventuras. Dejamos el Marco Polo en el puerto de Hong Kong para volver a Nueva Zelanda.
A los pocos meses se abrió el mentado cargo. Postulé y quedé preseleccionado para la entrevista. Repasé mis conocimientos ya un poco olvidados, compré una chaqueta seria en un mercado de pulgas y me presenté en Wellington. No fue fácil. Casi tieso de nervios tuve que contestar, en inglés por supuesto, una hora y media de preguntas referentes a la especialidad, mi experiencia en trabajo en reservas marinas, y la legislación vigente. Salí deshecho. Había dado lo mejor de mí pero con las malas experiencias anteriores no tenía ninguna seguridad. Sin muchas esperanzas tome el avión de vuelta a Auckland, donde vivíamos temporalmente. En las siguientes semanas me preparé para volver a Chile a empezar todo de nuevo. Pero después de un buen tiempo y a poco de retornar a Chile, recibí la buena noticia. Me había ganado el puesto.
¿En qué ha consistido su trabajo en el Departamento de Conservación?
Mi primer cargo fue Scientific Officer (Marine Ecology), que consistía en investigar y dar asesoría científica a los distintos grupos del DOC a cargo del manejo de conservación marina incluyendo el manejo de las reservas marinas. Mantuve este cargo por 15 años. En ese periodo fui invitado a Chile a exponer los avances en manejo de Áreas Marinas Protegidas.
Un día sufrí un grave problema al corazón y quedé impedido de volver a bucear. Esa era mi pasión, mi fortaleza, el modo de hacer investigación, mi fuente de inspiración profesional. Mi capacidad física disminuida me afectó emocionalmente y anduve bajo por un buen tiempo. Por ese entonces, decidí ofrecerme para reemplazar a mi jefe, el Marine Science Manager, temporalmente destinado a otra tarea. Por un año y medio me desempeñé en ese cargo. Mi jefe volvió a su cargo, pero al mismo tiempo se abrió el cargo de Freshwater Manager. Esta era mi nueva oportunidad, y salí a buscarla. Postulé al cargo, y me lo gané. Llevo más de cuatro años en el cargo y hoy manejo un grupo de seis técnicos y científicos de alto nivel. Mi cargo consiste en liderar el Freshwater Section y dar apoyo técnico y científico a las decisiones de manejo de conservación dentro y fuera del DOC.
¿Qué importancia se le da al medioambiente en Nueva Zelanda?
Históricamente Nueva Zelanda ha sido líder mundial en muchos aspectos del manejo de conservación. La marca New Zealand: NZ 100% Pure es una estrategia de marketing que ha sido basada en el reconocimiento internacional de ser un país "verde y puro". Sin embargo, el país ha ido creciendo y desarrollándose cada vez más, y con esto han aumentado las presiones sobre el medio ambiente. El nuevo reto y objetivo del DOC es que los kiwis reconozcamos ahora no solo el valor intrínseco de la biodiversidad y de un medio ambiente sano, sino también el valor y el rol fundamental que cumple este medio ambiente sano sobre nuestro bienestar social y prosperidad económica.
En el plano personal ¿Cómo ha sido radicarse en ese país?
Sandra y yo llegamos juntos y ahora tenemos dos hijas kiwis, Vaite de 19 años y Javiera, de 17. Vaite estudia Desarrollo y Relaciones Internacionales en la Victoria University of Wellington. Javiera cursa su último año de colegio y tiene inclinaciones por el arte y la comunicación social.
¿Mantiene vínculos profesionales con la UdeC u otras instituciones chilenas?
He mantenido muy buenos vínculos profesionales con docentes de la Universidad de Concepción y de varias otras. También con instituciones de gobierno como la CONAMA y la Subsecretaria de Pesca. En 2003 realicé una evaluación de potenciales áreas de colaboración relacionadas con el manejo de pesquerías y la protección de la biodiversidad entre Nueva Zelanda, Chile y Argentina, financiada por el Fondo de Cooperación Técnica para Latinoamérica del Ministry of Foreign Affairs and Trade de Nueva Zelanda. Actualmente, junto con el MMA-Chile, lidero un esfuerzo de colaboración científica en materias de conservación de ecosistemas acuáticos. Este último comenzó con un exitoso taller realizado en Nueva Zelanda y versó sobre nuestros avances en el desarrollo de herramientas de planificación y priorización en el manejo de conservación de aguas interiores.




