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Hugo Corvalán Basterrechea
Médico UdeC, MSc in Medical Demography
Ex Director para América Latina y el Caribe del Fondo de las Naciones Unidas para la Población

 

Los productos azucarados y ricos en grasas saturadas y sodio gozan de gran atractivo y popularidad en la dieta de los niños y adultos chilenos, a pesar de la abundante evidencia que existe sobre los daños que pueden causar a nuestra salud.

Solo a manera de recordatorio, aprovecho esta columna para describir los negativos efectos para la salud humana de los productos indicados. La acumulación de grasas en el cuerpo es el resultado de un exceso de calorías circulando, lo cual se traduce en aumento de peso, obesidad, aumento de los niveles del colesterol y la posibilidad de desarrollar placas de ateroma que pueden gatillar infartos cardíacos y cerebrales.

El aumento de sodio contenido en la sal común y otros alimentos, como embutidos y alimentos envasados, contribuye a aumentar la retención de agua en el cuerpo, lo que es un factor para incrementar la presión arterial, que fácilmente puede transformarse en hipertensión arterial crónica y con ello desencadenar fallas cardíacas y renales.

El aumento del consumo de azúcares, en todas sus formas, contribuye poderosamente a la acumulación de grasas y obesidad, hígado graso, resistencia a la insulina y diabetes que puede terminar en fallas cardiovasculares, renales y  neuropatías.

Los argumentos esbozados en los párrafos anteriores permitieron romper la resistencia de la industria de los alimentos e introducir el etiquetado de productos que contienen substancias que son francamente nocivas para nuestra salud y a lo cual este sector industrial se opuso tenazmente usando su lobby parlamentario y su enorme capital económico. Se dio una lucha similar a  la planteada por la industria tabacalera, que a pesar de la relación causal entre el consumo de cigarrillos y su relación con el cáncer pulmonar, aún hoy, siguen negando dicha relación causal.

Por estos días se cumple un año más del etiquetado en los alimentos, indicando su alto contenido en sodio, grasas saturadas y azúcares, y escuchamos en los medios de comunicación social como la industria alimentaria se auto-congratula por esta “brillante” iniciativa que, hace solo un par de años, atacaron con dientes y uñas para defender su “mercado y ganancias”.  Sospechoso, diría un famoso y albo humorista chileno, cuyo nombre no puedo recordar.

El objetivo central del etiquetado de alimentos se ha planteado como una forma de disuadir a los consumidores de la adquisición de los productos alimentarios más dañinos para la salud de la población, sin embargo, no parece haber evidencia que dicho objetivo se haya cumplido. Por lo tanto, a la luz de lo que hoy sabemos, parecería más lógico y práctico implementar una acción más positiva y tangible, que obligue a la industria alimentaria a gravar con impuestos significativos el consumo de sodio, grasas saturadas y azúcares, por su reconocido daño para la salud humana, especialmente de los niños. Acompañando a los impuestos deben ponerse en práctica campañas educativas que cambien la conciencia y práctica de estos hábitos nocivos, con ello contribuiríamos también a reducir el uso de los servicios de salud para tratar estas patologías prevenibles con mayor facilidad y eficiencia.

Un camino de solución es que todos los alimentos con alto contenidos de sodio, grasas y azúcares sean gravados con impuestos y que el dinero recaudado por este concepto se destine, íntegramente, a desarrollar programas de mejora de los hábitos alimentarios o a incrementar la concientización social frente a los problemas de salud derivados de una mala alimentación, como es la obesidad, sobre todo infantil, y todas sus consecuencias sanitarias a corto y largo plazo.

La obesidad, qué duda cabe, aumenta diariamente en Chile y el mundo y ya existen más de 45 millones de niños menores de 5 años, diagnosticados con obesidad o que padecen de sobrepeso.

Se trata de buscar formas para ir más allá del simple etiquetado de los alimentos, que le resulta muy cómodo al empresariado de la alimentación, ya que los resultados de estas etiquetas como arma de defensa contra la mala alimentación y sus consecuencias, no ha sido debidamente comprobados. Por el contrario, resulta un método propagandístico relevante participar en campañas impulsadas por el Estado, aunque sus resultados sean, en el mejor de los casos, de poca monta o derechamente dudosos.

El aparataje económico y sanitario del Estado debería ponerse al servicio de acciones que traten de disentivar el consumo de grasas, sodio y azúcares en todas sus formas, especialmente de las bebidas y jugos consumidos por los niños. Para ello un impuesto a estos componentes se debe asociar a la cantidad de gramos que contengan por cada 100 mililitros de líquidos.

Solo golpeando al lucro de la industria alimentaria podríamos acercarnos a la obtención de resultados positivos para mejorar un aspecto de nuestros indicadores de salud.

 

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