Farmacias por doquier... y otros problemas

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Hugo Corvalán Basterrechea
Médico UdeC, MSc in Medical Demography
Ex Director para América Latina y el Caribe del Fondo de las Naciones Unidas para la Población

 

Hace algunos meses tuve el privilegio de contribuir a mostrar a un Equipo de Salud de Mozambique los logros del  sistema de salud chileno en los buenos indicadores sanitarios del país, reconocidos por la comunidad internacional. A los pocos días de las observaciones que estos colegas pudieron realizar directamente, uno de los médicos del equipo me preguntó, como Chile con tan buenos indicadores estadísticos de salud estaba tan plagado de farmacias en las calles y barrios de ciudades y pueblos a lo largo de todo el territorio, lo cual para estos visitantes era una muestra de un pueblo enfermo por la cantidad de gente que observaron en cada uno de estos locales. Por otro lado, es una verdad conocida en salud pública que un país sano no requiere de tantos de estos negocios farmacéuticos.

No era la primera vez que alguien me hacía una pregunta parecida a la del colega de Mozambique. Sorprende a quienes visitan el país, ya sean turistas o profesionales de la salud, el gran número de farmacias que existen “por doquier”, en casi todos los rincones del territorio. Sin embargo, la verdad sea dicha, es que nosotros los chilenos, en general, no nos percatamos o no nos damos cuenta de este curioso fenómeno, desconocido en otras latitudes, sobre todo en países más evolucionados que nosotros.

Un buen ejemplo de esta verdad se hace aparente cuando comparamos los niveles e indicadores de salud de Holanda, mucho mejores que los nuestros, con una población total similar a Chile y solo tiene la mitad de las tres mil farmacias existentes en Chile.

Probablemente, para la mayoría de nosotros resulta cómodo y práctico tener una farmacia cercana a casa, sobre todo cuando necesitamos un medicamento u otro de los cientos o miles  de productos que allí se expenden.

Pienso que la respuesta a esta aparente contradicción es simple: la venta de medicamentos es un gran y millonario negocio, con un flujo de clientes fieles que aseguran el volumen de ventas y ganancias. Esto se debe a que somos una sociedad altamente “medicalizada”, donde los servicios de salud y médicos contribuyen a un alto consumo de multi-medicamentos, sin que ello tenga una justificación científica válida. Esto en parte se debe a la formación profesional de los equipos de salud que dependen y favorecen la administración de prescripciones, descuidando los enfoques preventivos y el auto cuidado de quienes los consultan.

En esta situación somos los propios pacientes los que contribuimos al alto consumo de medicamentos. Cada vez que consultamos esperamos una receta de múltiples medicamentos como signo de una buena atención profesional, participando inconscientemente en una colusión que puede llegar a ser dañina para nosotros.

Desgraciadamente el foco de la discusión sobre los medicamentos, laboratorios y farmacias  se ha centrado en las aristas economicistas del problema y no en buscar las causas de porqué la población chilena depende mucho más de medicamentos/drogas y menos en buscar sistemas de vida saludable y prácticas preventivas de las enfermedades. Los medios de comunicación y en el corazón del Colegio Médico de Chile los debates  son por las posiciones en el mercado de los distintos actores que actúan en este gran negocio, ignorándose las causales de fondo que lo originan.

A fin de dimensionar el tamaño del mercado mundial de medicamentos, mercado en el cual Chile está inserto como un actor menor, este alcanzó el año 2012 a 965 billones de dólares y se estima que ha crecido hasta los 1.2 trillones de dólares el año 2017 (esto es usando el sistema inglés para hacer las cifras monetarias más acotadas). En comparación a este enorme volumen de dinero, el PIB de Chile o su Producto Interno Bruto, que es el conjunto de todos los bienes y servicios producidos por el país es de 247 billones de dólares en un año, representando un porcentaje menor del gasto mundial  en medicamentos durante el año 2012.

No existen cifras confiables en el país para calcular el gasto en medicamentos per cápita de población o el gasto total en medicamentos que hace el Estado, por cuanto estas son cifras que manejan los laboratorios, las farmacias y las clínicas privadas, absorbiendo en un manto de penumbra la enorme cantidad de recursos públicos en insumos que les paga el Estado, restándolo de las prestaciones directas a sus usuarios más necesitados.

La prensa, incluso la más conservadora del país, ha informado profusamente en las últimas semanas el escandaloso lucro del sector farmacéutico que incluye a las farmacias coludidas, como ha sido legalmente probado, y su lucha con los laboratorios dueños de las marcas más conocidas de medicamentos y por lo tanto dueños de los respectivos “royalties”.

Repito mi creencia de que es un error tratar de centrarse al analizar el uso y precio de los medicamentos solo en la discusión de su mercantilización  y qué porcentaje de la millonaria torta corresponde a cada actor en esta cadena de lucro incesante que no existe en otros países del orbe. La mejor demostración de que es posible reducir el precio de los medicamentos para las personas que los necesitan son las farmacias populares que cada día aumenta en número en todo el país por la presión de la población de precios y trato más justo.

Resulta evidente que el negocio y comercialización de los medicamentos es un asunto vital para el bienestar de las personas, que tiene consecuencias profundas para el sistema económico del país y las diversas posiciones que sobre este existen en la actual arena política. Está claro que la solución a las controversias entre los gigantes multimillonarios de la comercialización de los  medicamentos, requiere examinar hasta la forma de organizar la economía chilena.

No me cabe duda de que un paso importante para resolver este problema alcanza al ámbito de la formación médica y los equipos de salud, la promoción de una cultura sana, la educación de la población sobre los auto cuidados y dejar de depender casi exclusivamente de los servicios de salud y los medicamentos para resolver hasta las más simples enfermedades, lo cual recarga innecesariamente a los ya agobiados centros de salud y servicios de urgencia hospitalaria.

Paralelamente a lo descrito es necesario tomar conciencia que el nivel de salud de nuestra población es trascendental para nuestro desarrollo y bienestar, en consecuencia el Estado no puede dejarla en manos del sector privado. En consecuencia el Estado debe intervenir y, entre otras medidas, fijar los precios de los medicamentos según estándares internacionales de comparación.

Mientras este cambio del modelo económico se produce, el Estado debe preocuparse de corregir las ineficiencias fiscalizadoras que aprovecha el sector farmacéutico para producir la distorsión abusiva e inexplicable en el precio de los medicamentos, amparándose en monopolios que defienden el falso e imperfecto mercado libre que impera en el país.

 

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