La construcción simbólica en la obra plástica de Meissner Grebe

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Johanna Martin Mardones
Licenciada en Artes Plásticas, mención pintura
Magíster en Literatura Hispanoamericana
Diplomada en Gestión Cultural y Comunicación
Johannamartinm@gmail.com

 

Las pinturas expuestas por el artista y teórico Eduardo Meissner Grebe en la sala de exposición del Colegio Médico, en el marco de la celebración de los cien años del colegio de Cirujanos Dentistas, reúnen un fragmento de la extensa y profusa obra del artista.

La invitación realizada a Meissner Grebe obedece a su formación profesional vinculada con la odontología, en una primera etapa de su vida, y su posterior especialización en las artes plásticas lo que lo llevó a abandonar paulatinamente la profesión para dedicarse de lleno a su vocación artística la que ha ejercido por más de 60 años. Sin embargo, la formación cartesiana de las ciencias amplía su perspectiva y es desplazada al ámbito de las artes contribuyendo a la elaboración de una síntesis pictórica a partir de su propio imaginario.

En general la obra visual de Meissner se enmarca en un estructuralismo formal, cuya relación con la semiótica del arte es fundamental para su comprensión en la búsqueda de  posibles respuestas a los procesos creativos a partir de la teoría, trabajo teórico acerca de la semiótica que el artista desarrolla aportando con ello a carreras como arquitectura, arte y diseño y que viene a ordenar su propuesta artística universal en torno a la construcción de un paisaje natural.

Lo expuesto por el artista, en esta oportunidad, corresponde a algunas obras de temas vegetales con importante presencia del azul como color matriz y algunos complementarios cuya muestra es una buena síntesis del trabajo realizado en su larga trayectoria. Las formas orgánicas en su mayoría verticales adquieren alta pregnancia en sus composiciones (flores, hojas y ramas) en una sofisticación de la organicidad que se separa del paisaje sin perder su condición elemental. Reconocemos un paisaje de vegetales con altos grados de estilización.

El estructuralismo es, de esta manera, una corriente en la que Meissner se siente cómodo y le permite trabajar con elementos simbólicos estilizados que se van repitiendo hasta instalarlos como símbolos de una estructura mayor que en esa hegemonía se universaliza. Sus composiciones son concebidas con formas redondas a modo de flora vegetal cuya construcción onírica no pierde la estructura que ordena, regula y organiza los elementos en su compleción. El paisaje erigido por el artista manifiesta un anhelo que idealiza en una re-creación utópica de lo natural.

En la reunión de pinturas expuestas la composición esta ordenada por un trazado regulador dado por la verticalidad de los vegetales y por formas redondas o que simulan redondeces para imponer la organicidad vegetal sin perder la disposición de un marcado trazado que se impone y que admite en su composición representaciones que refieren a paisaje siempre en la marcada relación de fondo y figura y la aplicación metódica del juego entre luz, sombra y color. Las formas redondas propias de sus composiciones a partir del círculo, como icono movilizador de los amplios paisajes que se recrean, apoyan la tesis de su interés por trabajar a partir de formas complejas y consideradas de alta perfección como lo es la esfera. La esfera acompañará gran parte de los ciclos vegetales que, en ocasiones, agrupa en trípticos sin cambiar la matriz sólo alterando la evolución del paisaje referido.  

El paisaje mantiene, en cada una de las pinturas, un fondo de color plano sobre el cual los elementos interactúan entre la organicidad estructural de una vegetación estilizada con visos de irrealidad y la orgánica omnipresencia de lo natural. Esta dualidad proyecta la tensión entre ambos planteamientos que a ratos aparecen muy armónicos y en otros se agudiza. Tal vez aquí habría que detenerse en la analogía que se estable con su narrativa, ya que ambas, la plástica y la escritura, se arman bajo una mirada utópica de la realidad. La primera a través del “paisaje ideal”, y la segunda a partir de la construcción del “lugar ideal” que tiene como símbolo mayor “Citerea”, que en su narrativa se instala como el lugar de la perfección, la perfección en el amor, el amor por toda perfección donde todo es posible. Sólo que el camino para la construcción de ambas realidades simbólicas es distinto. La pintura basa su constructo en el estructuralismo; y en la narrativa, la palabra va armando realidad bajo una mirada más bien ligada al pos-estructuralismo.

En “Girasoles y semillas”, “Girasoles y Helechos” y Girasoles azules” al preponderancia de los colores fríos azul y verde invitan a un recorrido por un paisaje de azuleces y verdeces que sólo es interrumpido por algunas pinceladas  de color amarillo.

En “Árbol de la vida”, “En índigo y magenta”, “El jardín de los senderos que se bifurcan”, “Fragmento de germinación” y Girasoles en amarillo” la gama de colores interrumpe la composición y rompe la tendencia a trabajar sólo con dos colores.

La figura humana ausente en sus pinturas da espacio a pensar en la pureza del paisaje del que se quiere dar cuenta. Un paisaje limpio cuya naturalidad, con visos de paraíso, sólo logra su perfección en la convivencia-comunión de los vegetales con insectos y pájaros, donde el sujeto, omitido en este paraíso, sólo puede acceder a él desde afuera, siempre desde una mirada exterior que busca alcanzarlo sin tener realmente acceso a él, hecho que refuerza el concepto de territorio idílico y utópico. La influencia de las lecturas adolescentes y juveniles que Meissner Grebe realizó por años en re-lecturas permanentes de la obra de Marcel Proust “En busca del Tiempo perdido” adquiere fuerza en la añoranza de un paisaje que fue, en un tiempo pasado y que sólo existe en el imaginario del artista.

 

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