El espacio (no) habitado que deviene trascendente en las pinturas de Bernabé Carrasco

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Johanna Martin Mardones
Licenciada en Artes Plásticas, mención pintura
Magíster en Literatura Hispanoamericana
Diplomada en Gestión Cultural y Comunicación
Johannamartinm@gmail.com

 

 

Ecología, matriz, vegetales, célula, molécula, interior y exterior, puntos de fuga, luz, transparencia, color son algunos conceptos que aparecen con fuerza cuando observo la obra del artista visual Bernabé Carrasco. Grandes, pequeños y medianos formatos son los soportes utilizados para componer sus pinturas.
Su trabajo ha sido, desde sus inicios, una apertura a la reflexión y la entelequia, una fuerte motivación existencial que ha ido, en el proceso creativo, madurando y encontrando un lugar en el pensamiento de Humberto Maturana.

Adentrándonos en su obra llama la atención tres factores: luminosidad, formas y grafismos. Aludo a estos tres  factores por poseer una característica común, la de envolver los espacios interiores de la composición para expulsarlos más allá del formato acotado, como si la obra estuviera compuesta de dos espacios, el interior y el exterior (adentro y afuera), como si el formato no fuera suficiente y la luz, las formas (reconocibles o no) y las líneas necesitaran escapar, fugarse, extender sus dominios del espacio que las circunscribe a uno imaginario que trasciende el espacio concreto, el centro o núcleo, lugar del que nace la obra y se proyecta. De esa manera, las pinturas de Carrasco se edifican en dos espacios, el interior que estará actuando como matriz y la proyección de los elementos a un afuera que se constituye como parte de la obra en un lugar que no somos capaces de reconocer, por su aparente ausencia, pero que de igual forma está presente. Ese territorio de nadie y de todos es el espacio donde la obra de Carrasco trasciende, se completa y adquiere monumentalidad. La relación de un adentro con un afuera lleva a pensar las pinturas como un espacio de inicio, pero sin término real, porque la prolongación de la luz y de los elementos activos magnifica la obra y la sitúan más allá de sus límites y de sí misma.  

La obra, así concebida, se apodera de un espacio que no es el propio como tampoco del espectador, sin embargo, es el lugar de encuentro entre la obra del creador y el espectador expectante ante el proceso que se magnifica. No somos capaces de establecer a quien pertenece el territorio aparentemente (no) habitado por la obra, sin embargo, conscientes o no del fenómeno, nos paseamos por ese lugar y a ratos moramos en él en una relación de encuentro armónico.
 
Lo vegetal orgánico forma parte fundamental de los ciclos somáticos que desde su origen celular apelan a la biología y más aún al sentido humano que, en la obra, también es celular. Y esta relación con lo humano se hace esencial en su obra porque la bilogía como ciencia “estudia la estructura de los seres vivos y sus procesos vitales” y eso es justamente lo que se advierte en su obra, la relación vital de la forma con sus procesos intrínsecos de igual manera vitales. Tanto la forma como los procesos son relevantes y se exaltan en la relación simbiótica que, al mismo tiempo, se torna afectiva y fraterna. La organicidad se comunica con lo interno y lo externo en un diálogo íntimo de formas armoniosas a través del movimiento y del colorido que sólo se ha visto alterada en sus últimos trabajos que a ratos se pasean por formas más reconocibles, sin llegar a ser definidas, con una alta influencia de Matta. Este último periodo del artista propone construcciones más pequeñas en su relación directa de la forma con el todo y del todo con la forma lo que resuelve con abundante colorido y manchas pequeñas en una proliferación detallista.

No es extraño hablar de matriz al referirnos a su obra, en este concepto celular la influencia del biólogo Maturana se hace presente si recordamos su contribución como fundador y formador de la escuela de la matríztica junto a Ximena Dávila cuyo objetivo es “difundir las ideas de la Biología del Conocer y del Amar”. Pensamiento que gravita en la obra de Carrasco en la relación unívoca entre la forma y el todo y el todo y la relación con un afuera (exterior a la obra) imaginario. El territorio inmaterial, propuesto por la obra desde su concepción, al no pertenecer a nadie pertenece a todos, por tanto, territorio de encuentro con el otro que humaniza la obra y establece el gran sentido humano que atraviesa todo su proceso creativo.

La obra de Bernabé Carrasco, bajo esta mirada, se constituye fundamental y trascendente en el proceso de las relaciones múltiples que establece y que proyecta al campo de lo imaginario.

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