Torpezas conceptuales que desnudan

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Hugo Corvalán Basterrechea
Médico UdeC, MSc in Medical Demography
Ex Director para América Latina y el Caribe del Fondo de las Naciones Unidas para la Población

 

 

En vísperas de las fiestas dieciocheras, para ser más preciso, el 17 de septiembre recién pasado, escuché en Megavisión TV un programa donde se presentaban los candidatos a Senador por la Región del Maule para el próximo período. Uno de ellos, con ya cuatro períodos consecutivos como diputado, textualmente dijo: “…tenemos que construir más hospitales para la Región del Maule…y estos hospitales serán a imagen y semejanza de las clínicas privadas”.

La única explicación razonable para este error conceptual es la necesidad de los candidatos de introducir “cuñas” electorales que podrían contribuir a llamar a los votantes a apoyarlos y elegirlos para sus tan anhelados cargos públicos.

En un supermercado o en términos mercantiles, la desinformación y torpeza conceptual de aquel candidato podría ser considerada como “publicidad engañosa” y con algo de suerte sería sancionada o el cliente podría reclamar una compensación económica en el acto. A todos nos ha pasado que los precios de ciertos artículos que se venden en un supermercado no siempre corresponden al que está bajo dicho precio. Como a mí me gusta enojarme y discutir lo establecido arbitrariamente, tiendo a reclamar mis derechos como consumidor y en más de una ocasión he podido, por ejemplo, adquirir un muy buen vino al precio indicado en las estanterías, ya sea por error o simplemente porque ha existido la intención de “confundir” al cliente.
En una transacción mercantil, como la descrita, sólo basta con atreverse a reclamar nuestros derechos, que deberíamos, siempre, hacer presentes, aunque nos consuma tiempo y más de alguna molestia. Esto puede resultar además como un proceso educativo para todos.

Por desgracia, en el actual escenario de nuestra política nacional, no existe un “SERNAC” político que permita controlar y poner freno a los disparatados ofertones que en las próximas semanas, probablemente, veremos aumentar en escala exponencial.

No quisiera que mis palabras se interpreten como una ataque personal al susodicho aspirante a senador, del cual poco o nada sé o he oído durante sus casi 20 años como miembro de la Cámara de Diputados. Sin embargo, creo necesario precisar algunas ideas y conceptos sobre la afirmación del candidato, la cual intenta hacer aparecer a la medicina privada, a las clínicas privadas de salud, como una mejor alternativa a los servicios públicos de salud. Tal afirmación adolece de serias limitaciones conceptuales y evidentemente un conocimiento muy superficial sobre los verdaderos sustentos y objetivos de uno u otros sistemas de salud,  probablemente basados en informes de “pegoteo” de documentos, que hoy llaman elegantemente “cut and paste” y preparados por consultores muy bien pagados, pero a menudo superficiales y mal informados.

Qué duda cabe sobre las grandes posibilidades que tiene el sistema público de salud de mejorar la calidad de sus servicios, que se entregan a casi el 90% de la población chilena. Sin embargo, los esfuerzos por aumentar su calidad y capacidad resolutiva no pueden ser homologados a los dirigidos a un funcionamiento privado de la salud o, como indicador válido para compararlo con los sistemas privados de salud, al alcance solo de un porcentaje muy menor de personas y a un costo infinitamente superior, difícil de financiar, incluso en un país de gran riqueza. Copiar el sistema privado para aplicarlo a un sistema sólido de salud pública es un error conceptual que desnuda la ignorancia del que proponga tal torpeza.
El objetivo primordial del sistema privado de salud, qué duda cabe, es el lucro y en el lenguaje mercantil de este sistema se habla de la “industria de la salud” y los usuarios son percibidos como “clientes”, sujeto a las leyes del mercado, tal como lo ofrecen en el campo de la educación y el transporte público.
Un ranking internacional que aparece en diversas publicaciones recientes indica que los 10 mejores y más desarrollados sistemas de salud pública en el mundo pertenecen, en ese orden a: Dinamarca, Suecia, Canadá, Inglaterra, Alemania, Holanda, Australia, Francia, Austria y Nueva Zelanda. No hay espacio para incluir a Estados Unidos en este listado y, lamentablemente, nosotros hemos copiado ese sistema.  No debemos olvidar que en el pasado el Sistema Nacional de Salud chileno se basó en el sistema inglés con muy buenos resultados y logró mantener por años excelentes indicadores de salud para todos los chilenos.

La calidad y eficiencia de los sistemas de cuidado de la salud de un país tienen un masivo y directo impacto en la calidad de vida de sus habitantes y es claro, como lo demuestra la evidencia, que un sistema basado en el lucro no puede ofrecer a la población ese impacto. Dinamarca tiene un sistema de cobertura universal financiado con impuestos que sus ciudadanos pagan gustosos, ya que obtienen servicios gratuitos y de alta calidad. Suecia invierte y gasta en salud por encima del promedio mundial y tiene una red nacional de médicos y hospitales públicos y solo el seis por ciento de la población paga por servicios privados de salud que son financiados por las empresas que así lo desean. Canadá tiene un sistemas eficiente de salud, altamente socializados, tal como lo tiene Inglaterra, con la modalidad de atención inicial con médicos generales y una derivación eficiente hacia centros de mayor especialización, sistema que ni siquiera los gobiernos ingleses más conservadores pudieron abolir por oposición de la población.

Las afirmaciones del candidato a Senador por la Región del Maule, al proponer que los hospitales públicos imiten a las clínicas privadas, es una elaboración conceptual de poca monta, acrítica, de una ideología conservadora muy sesgada y muy grave,  sobre todo al expresarse, impunemente, como “cuña propagandística” y sin fundamentos, apuntando como signo de calidad a las externalidades de este sistema hospitalario/hotelero, sin que necesariamente se asegure  calidad a pesar de sus exorbitantes precios, aún superiores a los precios de clínicas-hospitales privados en Europa.

La industria de la salud tiene como su razón básica de existencia la multiplicación de sus ganancias e ingresos, lo cual se convierte a todas luces en una contradicción insoluble para Chile si se piensa que no puede ofrecer mejores servicios para toda la población del país con esos costos. Desgraciadamente, esta contradicción interna de los sistemas privados de salud, tiene profundas consecuencias para toda la población, presente y futura, ya que, entre otras dimensiones, también retroalimenta negativamente la formación de los profesionales de la salud, sobre todo cuando sus instalaciones se usan como centros de prácticas clínicas de jóvenes estudiantes provenientes de universidades privadas, que así ignorarán siempre la realidad del país y su gente.
El atractivo de una hotelería destinada a los pacientes, aparentemente de alto nivel, pero a precios astronómicos inalcanzables para el común de los mortales, es un enganche que pretende mostrar una cara de eficiencia y calidad que no siempre es real. Buenas instalaciones hoteleras no siempre se condicen con buena atención médica.
La justificación de la salud pública o medicina socializada para todos nace como una necesidad imperiosa para nuestro país que ha llegado a un determinado tipo de evolución económica, y no aparece como una idea impuesta por un programa de gobierno, sino como la adaptación lógica a circunstancias no provocadas de las cuales han surgido problemas que solo la medicina socializada puede abordar, esto es medicina altamente organizada, eficiente y gratuita para resolver los problemas de salud que han surgido de los cambios epidemiológicos y demográficos que ocurren con nuestra población, por ejemplo envejecimiento y los modos de explotación económica.

Los motivos que dieron origen al Servicio Nacional de Salud de Chile, como respuesta médica socializada, no fueron el producto de una promesa demagógica sin la materialización de problemas sociales bien diagnosticados y que para su solución utilizaron como ejemplo el servicio inglés de salud. Los motivos que dieron origen a esta iniciativa han seguido y siguen estando presentes y actuando. Debe profundizarse en la conceptualización de un sistema propio, pero basado en experiencias exitosas de manera que los servicios puedan resolver el problema de toda la población en igualdad de condiciones, puesto que aquellos que tienen el dinero o deseo de atenderse en el sistema privado pueden hacerlo, pero entendiendo que sus costos son muy elevados y su calidad no está garantizada.  

Pensamos que la única solución posible para afrontar el grave problema del aumento de los costos de atención en salud es la medicina pública socializada, y que los profesionales de la salud puedan ofrecer sus mejores capacidades, formando parte de un equipo altamente capacitado. Esto permitirá también que los médicos generales puedan trabajar en coordinación estrecha con los especialistas a través de un sistema interconectado, lo que hoy en día es técnicamente posible de hacer. Este sería un incentivo adicional para los profesionales  de base que pueden progresivamente profundizar sus conocimientos y dejar de ser meros referidores de enfermos, contribuyendo a disminuir los tiempos de espera para una atención digna y de calidad. Hay muchos trabajos nacionales que apuntan y llaman a una re conceptualización de la salud, para no seguir tras los llamados de sirenas por soluciones tecnocráticas, que la mayoría de las veces se copian de los privados como ejemplo de una quimérica eficiencia.

Para ilustrar algunas de las ideas incluidas en esta columna quiero compartir con los lectores mi personal experiencia en el sistema de clínicas privadas. A raíz de molestias gastrointestinales inespecíficas, usando mí seguro de salud como jubilado del sistema de Naciones Unidas, acudí en abril recién pasado a consultar a especialistas en una de las reconocidas clínicas privadas que tiene sedes en diversas regiones del país. Realizados los exámenes de rigor, a un costo muy alto, se me informó que no tenía problema alguno de salud, sin embargo, tan solo cuatro meses más tarde, en otra de las sedes de dicha clínica privada, se me diagnosticó un tumor del páncreas, invasivo y no resecable.  Frente a este inquietante diagnóstico pudimos revisar las imágenes originales tomadas en abril en la sede provincial y se descubrió que el tumor ya existía en ese momento.  Fue un servicio privado, como los que el candidato a senador pretende tener, el que me ha hecho perder más de cuatro meses de tratamiento con inimaginables consecuencias para mi salud.  Dicho “error” se ha debido, probablemente, a la presión que se impone a los médicos de “producir” por metro cuadrado y por horas, con el fin de incrementar el rendimiento y ganancias de la clínica. He experimentado en mi propio organismo lo que un sistema privado, eminentemente con fines de lucro, puede causar, disminuyendo considerablemente mis expectativas de vida.

Tal vez  si fuese obligatorio para los parlamentarios y otros servidores públicos atenderse en un sistema público y socializado de salud, se pondría mayor atención para mejorar la calidad de lo que tenemos o la búsqueda de nuevos e innovativos mecanismos de financiación para el sistema de salud público y, dejar el sistema privado para aquellos que puedan pagarlo a pesar de su elevado costo. Eliminar los gastos reservados del cobre usados para la guerra y convertirlos en inversión en salud, debería ser uno de los caminos más adecuados.
Esto permitiría mejorar las condiciones de trabajo de todos los profesionales de la salud.  Al fin y al cabo los médicos que atienden en las clínicas privadas y hospitales públicos son los mismos, solo quizás presentados con un perfil diferente.

 

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