Basta de rodeos

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Hugo Corvalán Basterrechea
Médico UdeC, MSc in Medical Demography
Ex Director para América Latina y el Caribe del Fondo de las Naciones Unidas para la Población

 

Aunque el título de esta columna pueda inducir a errores, en esta oportunidad no es mi intención comentar los rodeos diciocheros que tanto entusiasman a la oligarquía campesina de nuestro país, aquella de los hermosos y exclusivos ponchos de Doñihue. No conozco de esta actividad, tan de moda hace algunas semanas por las acciones que tomarían algunos alcaldes para prohibirla y que nunca atrajo mi atención por no considerar al rodeo como un deporte o actividad cultural, por cuanto se abusa con crueldad de animales indefensos, sin razón justificable, en mi modesta opinión.

Hoy, quiero comentar, con franqueza y sin rodeos, algunas situaciones que todos podemos observar diariamente y que nos afectan en mayor o menor grado. Usaré como ejemplo un hecho que me ocurrió hace solo algunos días cuando acudí a la Biblioteca Nacional en Santiago para buscar un libro leído en mi adolescencia y que no he podido encontrar en las librerías de libros usados.  Me refiero a la Antología de Miguel de Araya de los trabajos de Máximo Gorki y que la editorial Zigzag publicó en la década de 1940 con el nombre de “Los Rebeldes y los Vagabundos”. Se trata de una colección de cuentos cortos, poemas y poemas en prosa que cautivaron mi atención adolescente y han influenciado mi perspectiva de vida, por ello quise releerlo y compartirlo con mis nietos. Por  fortuna la Biblioteca Nacional tiene una copia que rápidamente leí  con alegría y nostalgia. Para poder trasmitir la belleza y trascendencia del pensamiento de Gorki a mis nietos use mi moderno teléfono celular para copiar unas pocas páginas que me parecieron relevantes.

Cometí el error de pararme frente a la mesa donde leía para mejor hacer las fotos del libro y estaba en ello cuando un  guardia, en una actitud “policial”, me reprendió señalándome la prohibición de copiar libros, según él, por instrucciones y ordenanzas explícitas de la Directora de la Biblioteca Nacional. Entendí que podrían haber hechos relacionados con los derechos de autor, a pesar de que Gorki falleció hace más de 80 años y no pareciera haber derechos de autor pendientes, por lo cual solicité a la persona a cargo de la sala de lectura en ese momento autorización para fotografiar las media docena de páginas de mi interés, a lo cual accedió a regañadientes, haciéndome pasar a una pequeña sala a fin de que el resto de los lectores no se percatara de mi acción, lo cual, aparentemente podría causar  poco menos que una revuelta generalizada entre los pocos usuarios de la sala por mi osadía de copiar para el recuerdo algunas páginas de un buen libro.

Conociendo por experiencia que muchas veces las instrucciones, ordenanzas, circulares y procedimientos, en cualquier orden de cosas, son acciones arbitrarias o  sujetas de interpretaciones antojadizas, al salir de la sala de lectura le pedí a la bibliotecaria que allí estaba  que me explicara la extensión y sentido de la prohibición de fotografiar las páginas de un libro. Me leyó una página de las copiosas regulaciones que tenía a mano, pero estas no se referían ni remotamente a mi caso, aunque la idea persistente de prohibir copiar páginas de libros y documentos siguió siendo su argumento central. Gentilmente le pedí que me acompañase a leer un cartel de regulaciones pegado junto a la puerta de la sala de lectura, que yo había leído por indicación del guardia. Para sorpresa de la bibliotecaria en dicho cartelito, “Normativas para el Ingreso al Salón de Lectura Gabriela Mistral”, se dice que según la Ley 17.336 en su artículo 71-1, que es posible reproducir libros o documentos si no se tienen fines de lucro, contradiciendo abiertamente la interpretación de la bibliotecaria y guardia (y aparentemente de la Directora de la Biblioteca Nacional) que me prohibían hacer unas pocas fotos del libro de Gorki. Para mi sorpresa la bibliotecaria me respondió que eso solo era válido para fotocopias y no para fotografías..!! Con voz entrecortada y tartamudeando le dije que yo solo había hecho una ”Foto como Copia” del libro, pero pareció no entenderme…

Menciono este pequeño incidente porque además de conculcar o limitar el derecho a la cultura, estos funcionarios, como miles de ellos a lo  largo del país, tanto en el sector público como en el privado, hacen interpretaciones antojadizas de los cientos de regulaciones y actos burocráticos que nos asfixian.

Limitar el acceso a la cultura amparándose en normas y reglas es serio para el país y para todos nosotros pero, limitar el acceso oportuno a servicios de atención en salud es grave y puede costar vidas, por lo tanto no es aceptable o tolerable; digámoslo sin rodeos y con franqueza. En los servicios de atención primaria de salud, en los consultorios y hospitales, muchas de las normas, reglas y regulaciones existentes no permiten a los médicos tratar ciertas patologías que se consideran solo privativas de los especialistas. Ha sido un reclamo permanente de los médicos generales  las muchas trabas que sufren para atender pacientes, pero con los años se han ido transformando en meros referidores de personas a servicios de salud de mayor complejidad, provocando con ello y entre otros factores las tremendas y largas listas de espera para que los usuarios sean atendidos por especialistas.

Basta de rodeos. Buena parte de las listas de espera podrían resolverse con buena gestión y menos reglamentaciones y burocracia inútil, sin tener que subcontratar a los sistemas privados de salud, que se han enriquecido con esta práctica. Bastaría permitir y apoyar al médico general y al equipo de salud para que atiendan las patologías más frecuentes y comunes, ¿acaso no estudiaron siete o más años estos médicos para resolver prontamente problemas de diabetes, hipertensión, dislipemias y muchas otras patologías prevalentes? ¿Por qué consultorios y hospitales públicos, y también privados, se llenan de normas y regulaciones de dudoso valor práctico o de beneficio para los usuarios? Seamos francos, pareciera haber más interés en cumplir con ordenanzas y reglamentos que concentrarse en la salud y bienestar de los pacientes. Pareciera que quienes establecen estas reglamentaciones nada supieran de los problemas de salud de la gente.

Seamos francos y digámoslo sin rodeos, en gran medida es el propio sistema y sus burócratas, además de los propios especialistas que defienden sus “parcelitas tecnológicas”, los que ahogan los servicios de salud con procedimientos “administrativos” que en nada contribuyen a mejorar la forma de entregar salud a la población. Resulta incomprensible que después de estudiar siete o más años los médicos se dediquen mayoritariamente a la  derivación de pacientes a centros de mayor complejidad, eludiendo su responsabilidad profesional para la cual estudiaron tantos años ¿o es que no se sienten debidamente preparados? Después de todo, ese simple trabajo de derivación podría hacerlo una simple máquina electrónica.

 Por ello pienso que no debemos soslayar o postergar el análisis crítico de las estrategias y contenidos usados para la formación y preparación de los médicos en nuestras universidades. Es preocupante constatar, como se ha informado ampliamente por los medios de comunicación, que en un concurso para llenar 105 cupos de médicos, el 98% fue por postulaciones de médicos extranjeros y solo un 2% de postulantes chilenos. Esta simple estadística pareciera mostrar que la formación de nuestros médicos los está empujando a interesarse más por la medicina privada y el consiguiente lucro que se obtiene con ella. Resulta paradojal comprobar que son los profesionales extranjeros los más interesados en trabajar en la medicina de choque, en la medicina donde se prueban las habilidades técnicas, la entereza moral y la solidaridad. Lo digo sin rodeos: nuestras universidades están fallando en la formación integral de nuestros médicos y eso requiere ser examinado con urgencia.

Quizás en esta falencia esté, en parte, el origen del surgimiento de la tan apetecida y popular medicina de farándula por TV y/o radio, donde periodistas poco o nada informados creen y fomentan los argumentos pseudocientíficos o las corazonadas de doctorcitos que, bien parecidos en sus blancas batas, cual hechiceros de tribu, nos emboban con sus audaces teorías no probadas, induciendo al público general a tomar riesgos en el manejo de su salud, su nutrición y sus formas de vida.

Termino esta nota algo frustrado por no poder compartir con los lectores, debido a limitaciones de espacio, la larga e interminable lista de temas que necesitan ser abordados sin rodeos y con franqueza, como primer paso para terminar con ellos de una vez por toda. Talvez podríamos hacerlo en otras columnas, porque estoy seguro que somos muchos los que pensamos que ya basta de rodeos…

PD.     A las pocas horas de entregar esta columna para su publicación recibí una respuesta OIRS por el incidente en la Biblioteca Nacional que he descrito. En ella se dice textualmente: “Si bien es cierto lo que Ud. señala respecto a la Ley de Propiedad Intelectual…dentro de nuestro reglamento, Resolución Ext. N°1034 del 13/09/2016 están especificadas las razones de esta medida (limitar o prohibir fotografiar libros o documentos). “La Biblioteca Nacional de Chile se reserva el derecho a autorizar la reproducción de material cuya fecha de creación y/o publicación, sea posterior a los últimos 70 años, o bien, cuando considere que los impresos se encuentran en mal estado de conservación (papel frágil, arrugado, rasgado, encuadernaciones sueltas o similares”  Firmado por P.P. Zegers Blachet, Subdirector de la Biblioteca Nacional de Chile.

Sinceramente agradezco la respuesta a mis observaciones por escrito, pero creo que no responde a mi principal reclamo y continúa amparándose en reglamentos y resoluciones que bien pueden contribuir a preservar el patrimonio de todos, sin embargo, es obvio que las interpretaciones de los funcionarios mal informados resultase en acciones que conculcan el derecho a la cultura.

Creo prudente dejar esta pequeña controversia para que sean los lectores los que saquen sus propias conclusiones.

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