Palabras que llaman palabras

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Hugo Corvalán Basterrechea
Médico UdeC, MSc in Medical Demography
Ex Director para América Latina y el Caribe del Fondo de las Naciones Unidas para la Población

 

 

El escenario nacional ofrece un amplio repertorio de posibilidades para comentar en una columna como esta. Mientras ponderaba interesantes alternativas para analizar recibí una llamada telefónica en mi nuevo y complicado teléfono digital, que ya ha comenzado a mostrar sus bondades para aislarme de quienes me rodean: se trataba de uno de los tantos vendedores que a todos nos llaman a diario para ofrecernos todo tipo de cosas; esta vez la llamada era nada menos que una “espectacular oferta” para adquirir un trozo de terreno para mi descanso definitivo y supuestamente eterno en un “Parque del Recuerdo” de nuestra ciudad capital.

Desde mi perspectiva, principios y visión de vida los argumentos del vendedor fueron insólitos pero abundantes, a tal punto que no fui capaz de responder, sumiéndome en un silencio poco habitual. Cuando pude recuperarme de mi perplejidad y asombro, le dije que a pesar de mi avanzada edad, continuaba preocupado de vivir de la mejor forma posible y ser, o al menos tratar de ser, un miembro útil a la comunidad, aunque agobiado como la mayoría de los chilenos con salarios bajos, pensiones miserables, el calentamiento global, la sequía, las nevazones, las inundaciones, los cortes eléctricos, la congestión vehicular, la corrupción a todo nivel, la falta de confianza en las instituciones, la poca credibilidad de nuestros representantes, la falta de solidaridad, la mala televisión, el exceso de frivolidad y farándula, la falta de pensamiento estratégico y planificación, la mediocridad en prácticamente todo ámbito, la mala calidad de la educación para nuestros hijos y nietos, la explotación empresarial, la desigualdad social, la agresividad permanente en todo orden de interacciones, etc. etc.

Impertérrito el vendedor de terrenos fabulosos para el “descanso eterno” continuó con su preparado discurso de venta con nuevos argumentos sobre la necesidad de resolver un problema inquietante, lo que me permitiría morir tranquilo y no dejar problemas a mis familiares. Tímidamente le respondí que no pensaba en estos problemas y que mi decisión, ya comunicada a la familia, era la cremación de mis restos para no ocupar espacio vital necesario e indispensable para los vivos. De inmediato me contestó que para ello también contaba con espectaculares y convenientes ofertas que resolverían el procedimiento crematorio sin preocupación para mis cercanos y que yo decidiría con anticipación los ritos y liturgia a realizar sin importunar a ningún familiar, pudiendo incluso elegir el color y forma del ánfora en la que descansarían mis cenizas.

Continuaron los argumentos del vendedor sobre la belleza y entorno verde y florido del famoso “Parque del Recuerdo” que promovía con inusitado entusiasmo, profundizando aún más mi estupefacto silencio ante las insólitas ofertas, prometedoras de una muerte sin preocupaciones, rodeado en el parque por gente bien, donde mi familia podría visitarme con agrado. A esta altura del monólogo del vendedor, recuperé cierto grado de equilibrio y sus palabras comenzaron a llamar palabras argumentales para defenderme de la compra de un “terrenito para mi descanso eterno”, que realmente creo no necesitar. Traté de explicarle que en mi visión de la vida no cabe la preocupación de donde estaré después de muerto y que respecto de este asunto estoy, filosóficamente, más interesado  en que el proceso de morir sea lo más digno posible para todos y lo menos estresante para las familias, tema sobre el cual he opinado en estas columnas. Le insistí al vendedor que mi interés primordial está centrado en la vida, para que no quedaran dudas.                 

Recompuesto de la sorpresa por tantas ofertas para después de mi muerte, presentadas muy al estilo de la venta de vehículos en cualquier compraventa de barrio, pude articular un pensamiento final para este negocio que considero, al menos, de dudoso gusto. Con el debido respeto por el trabajo del vendedor quien, para bien o para mal, solo estaba tratando de ganarse la vida (valga la paradoja) le dije que, en mi opinión, el “Parque del Recuerdo” promovido con entusiasmo, debería preocuparse también de cumplir con el rol social que todas las empresas comerciales profesan tener y en este caso, por ejemplo, debería contribuir a que los empobrecidos y desfavorecidos vecinos del “Parque”, que sobreviven con dificultad en la vereda  opuesta de la  misma calle, pudiesen tener un pequeño lugar, pagado por la empresa, para disfrutar en comunidad y en familia.

Sería un logro valioso que la gente marginalizada, pobre, pero viva, tuviese un lugar con césped y jardines, parecido, al menos, al que “disfrutan” los muertos ricos en ese bello parque del recuerdo, solo al otro lado de la calle.

Supongo que estas son solo palabras que llaman palabras.

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