Perfiles de Exalumnos

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Carmen Torres Nelson, profesora de Arte y doctora en Arquitectura y Patrimonio Cultural Ambiental

 

La exalumna que gestionó la declaratoria de Monumento Nacional del Campus UdeC

 

El 22 de mayo el Rector recibió el decreto que declara a la Universidad de Concepción Monumento Histórico Nacional. En la ceremonia, la máxima autoridad universitaria destacó el tesón de quien fuera la artífice de este logro, la profesora Carmen Torres Nelson, exalumna de la UdeC,  quien presentó la propuesta de declaración ante el Consejo de Monumentos Nacionales, basada en su trabajo doctoral en la Universidad de Sevilla.

La solicitud de la profesora no fue solo el fin de un trabajo académico, pues nace de un interés profundo por el patrimonio cultural, que viene de sus raíces. “Vengo de dos familias que están arraigadas en el patrimonio, una de Coronel-Lota, los ingleses, y por el otro lado, mi padre que era de Cañete, la mezcla originaria, los antepasados mapuches, con la historia de Concepción muy arraigada”, asegura Carmen.
Su padre nació en 1917 y llegó a Concepción cuando muchas cosas estaban recién formándose. Desde niña le hablaba de cómo se empezaron a construir los primeros edificios del campus y que la gente los iba a mirar en las tardes después del trabajo, en especial el de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, que por su forma de construcción, novedosa para la época, pensaban que se iba a caer.  “Todas esas historias fueron creando en mí el cariño, porque no podemos cuidar y valorar  lo que  no conocemos”, asegura la profesora.

Esa forma especial de mirar todo la que la rodeaba la llevó a anunciar, al terminar el colegio, que quería ser profesora de Arte.  “A mi papá no le gusto para nada. Tenía buenas notas en el colegio, mis profesores pensaban que estudiaría Leyes. A mí me gustaba arte y enseñar”, explica.

Como su papá quería una carrera rentable, que le asegurara un trabajo bien remunerado, entró a estudiar Dibujo y Proyectos a la Universidad Técnica Federico Santa María, siendo una de las 20 mujeres entre 800 hombres. Esta elección tampoco fue del gusto de su padre, por tratarse de una carrera técnica, pero ella argumentó que cumplía con lo que él había pedido y que era una universidad de muy alto prestigio y tremendamente exigente en esos años. Después de eso, le dijo que estudiara lo que quisiera.

“Ese año en la Santa María fue muy bueno, aprendí muchísimo. Los profesores querían que terminara la carrera y luego estudiara Arquitectura, pero no me gustaba la arquitectura acá en Chile, porque es muy técnica. Me gustaba más la teoría, la historia y composición de la arquitectura, pero en Chile no hay una carrera así”, relata Carmen.
Así llego finalmente a la Universidad de Concepción a estudiar Licenciatura en Educación con mención en Arte. Carmen detalla que ingresó el año de la reforma, con una malla nueva, “que incluía un año completo de cada área, Fundamentos de la Educación, Sicología de la Educación, e incluía ramos nuevos como filosofía del arte entre otros, era una malla muy completa y exigente. Aprobamos dos. En estadística nos exigían como a ingenieros. Después de mi promoción volvieron a cambiar la malla, creo que se dieron cuenta que era mucho, pero fue para mí una muy buena formación”.

Su vida universitaria fue intensa. “Tomaba muchos ramos semestrales incluidos ramos en otras facultades. Me gustaba hacer deporte y tomaba ramos paralelos en Educación Física, donde incluso era ayudante”. Como experiencia de vida, la Universidad le resulta inolvidable. “Era muy distinto de cómo es ahora, era muy rico, porque en ese entonces no existían la universidades privadas y en la Universidad confluían todas las clases sociales, los pensamientos, las personalidades. Esa gente de distintos mundos tenía que terminar conociéndose y eso creo que ayudaba mucho a hacer una mejor sociedad. Recuerdo que el primer año  estaban los  que venían de colegios privados, los otros que venían de pueblo, de diferentes ciudades, pero resulta que terminamos todos amigos, todos siendo un grupo. Ahora veo segregación, veo división. Eso fue lo más bonito de mi época y conservo amistades hasta el día de hoy”.

Comenta que al principio de sintió un poco discriminada, porque no calzaba en el perfil típico de la estudiante de arte. “Siempre andaba muy formal para estudiar arte. No  andaba con el bolso de lana, ni ninguna de esas cosas, pero después de entregar mis primeras pinturas se generó un respeto. Al final las personas valían más por sus capacidades, por su talentos”.

Desde antes de titularse, en 1993, Carmen fue una de las cuatro primeras guías de la Pinacoteca, que fueron preparadas por don Albino Echeverría, para mostrar las obras al público y a los niños.   Luego se fue por motivos familiares a Valparaíso, donde realizó algunos talleres y volvió a Concepción con la intención de buscar algo más que una licenciatura, pero pasaron años para dar con un programa de postgrado que respondiera a sus expectativas.

Trabajó por cinco años en el Colegio del Sagrado Corazón, de lunes a jueves, dedicando los viernes al Colegio inglés British Royal Schlol. Posteriormente, el entonces rector del Colegio Inglés Saint John’s de Concepción, Alan Ripley, la mandó a buscar a su casa para ofrecerle trabajo.

El directivo se dio cuenta de que lo que motivaba a Carmen no era lo que pudiera pagarle, sino las posibilidades de aprendizaje y le ofreció el programa de bachillerato internacional, donde iba a estar permanentemente aprendiendo. Le explicó que le podía abrir expectativas y posibilidades de desarrollo profesional.

“Efectivamente es un programa muy interesante, porque tiene otra manera de ver la educación, de plantear la educación, y creo que es la forma. Acá nosotros hacemos relación con todas las áreas, hacemos que los niños piensen mucho, mucha investigación, mucha búsqueda, mucho meter las manos”, señala la profesora, y agrega que, de alguna forma era como ella trabajaba. “En el British les entregaba los conocimientos así, preguntándole a cada uno lo que le gustaba hacer. Era un colegio que tenía un cerro, una vertiente y en ella trabajaban greda, en el balcón pintaban, en otro sector trabajaban madera. Esa es la forma de trabajar el bachillerato, cada niño trabaja en lo que quiere y uno es un guía, un facilitador. Es más difícil trabajar así, porque requiere mucha capacitación y competencias del profesor”, explica.

En el nuevo colegio, los alumnos debían obtener una certificación, un diploma de bachiller internacional, que requiere aprobar un examen tremendamente exigente y un trabajo de investigación. “Los niños siempre venían conmigo para que les dirigiera la investigación y empezaron a tener la nota más altas desde Inglaterra que es A+ y eso me significó tener que empezar a buscar más herramientas para poder guiar estas investigaciones, que en su mayoría estaban orientadas al resguardo del patrimonio y la conservación de la arquitectura”, señala.

 

Eso la motivó a retomar la idea de fortalecer su formación en el área arquitectónica y patrimonial. Con el apoyo del rector del colegio, comenzó a buscar un programa de posgrado y encontró la tercera versión del Doctorado en Arquitectura y Patrimonio Cultural Ambiental, que impartía en Santiago, con sede en la Universidad Central, la Universidad de Sevilla. Se trataba de la última versión del programa y estaba abierto a postulantes de diversas profesiones, de Chile y Latinoamérica.

 

Ingresó al programa, donde tuvo compañeros de distintos lugares de Chile, Brasil, Argentina, Puerto Rico, etc.  Había arquitectos, antropólogos, especialistas en paisaje, agrónomos. “Al principio se sorprendían de que una profesora y de Arte, estuviera en el programa, pero de a poco gané mi espacio”, comenta.

Carmen reconoce que fueron tres años intensos, de mucho estudio y costo familiar. Tenía clases presenciales todas las vacaciones de verano y de invierno, además de muchos trabajos y lecturas durante el resto del año. Las clases se extendían entre las 8 de la mañana y las 9 de la noche.  Cada semana llegaba un nuevo profesor desde España, siempre una eminencia. “Fue muy exigente, quedó mucha gente en el camino. Yo di examen con gente de la primera versión que aún no lograba terminar”, señala Carmen.

Ser profesora le ayudó a la hora de presentar su primer examen en 2011, donde un tribunal de profesores de otras universidad españolas debía aprobar su proyecto de investigación, titulado Campus universitario de la Universidad de Concepción en el contexto latinoamericano.  “Yo tenía más herramientas al ser profesora a la hora de enfrentar la comisión, porque los profesores españoles ya estaban de vuelta del power point y lo que querían era que les contaran cuál era el tema y en base a una foto comencé a contarles de la historia de Concepción”, explica.

Con fundamentos académicos y con mucha pasión, Carmen les habló de la conquista a través de la evangelización y la educación, y como eso derivó en una ciudad centrada en la educación, donde más tarde surgiría la Universidad. Les relató cómo se fue forjando en un terreno pantanoso, superando muchas dificultades, y luego señaló las similitudes con las ciudades universitarias latinoamericanas.  La aprobaron notable y la instaron a seguir su investigación.

Cuando llegó a Chile el doctor Víctor Pérez Escolano, el profesor que Carmen estaba esperando con mayores expectativas, le habló de la ciudad universitaria y sus pretensiones. Después de escucharla con mucha atención, el académico le preguntó a cuantos minutos quedaba su ciudad universitaria en avión desde Santiago y cuál era el lugar más alto de Concepción. Ella le respondió que a 45 minutos y que el sitio más alto era el Mirador Alemán. A las 12 del día, el profesor tomó un avión a Concepción y subió en taxi al Mirador Alemán. Observó y regresó a Santiago. “Después supe que acepto guiar mi tesis. Fui muy afortunada, porque es una eminencia, una muy buena persona y a la vez fue muy duro conmigo. Lloraba al mirar sus correos, porque a veces no le gustaba y había que hacer todo otra vez”, reconoce Carmen.

El trabajo fue arduo durante el desarrollo de su tesis, pero la temática era profundamente inspiradora para ella. “Rescaté muchos estudios, como el de profesor García en Arquitectura, y tomé lo que había sobre la ciudad de Concepción desde la colonia, para entender por qué los penquistas somos así, por qué no querer ir a Santiago a estudiar, eso que está arraigado en nuestra personalidad por el lugar en donde vivimos, los terremotos, la capacidad de levantarse. Por qué el centralismo del país era algo que no gustaba. El espíritu rebelde de construir una ciudad universitaria en lo que era un pantano. Al principio pensar que se podía y luego llamar a este urbanista, Emilio Duhart, que era un genio, y que teniendo los aceros del pacífico acá se le ocurre hacer estas estructuras metálicas para seguir adelante con el proyecto. Querían descentralizar el país, y lo lograron, los jóvenes ya no tenían que ir a estudiar a Santiago”.

El año 2012 Carmen tenía lista la investigación, pero estuvo muy enferma y no pudo ir a España a presentarla. En ese tiempo la empezó a reformular, porque entendió que la ciudad universitaria tenía atributos patrimoniales y empezó a pensar cómo podía hacer para que legalmente fuera considerada patrimonio. “Todos la consideraban patrimonio, existía una placa, pero legalmente no lo era”, afirma.

Señala que “como profesora pensé que había que hacer algo para que la gente valorara más, no solo la Universidad, sino que Concepción. Empecé a investigar y me encontré con los monumentos nacionales y un listado de cosas que hay que hacer para gestionar la categorización. Me sirvió la tesis, pero también tuve que hacer un estudio especial para esto, por partes”.

Recibió ayuda desde el Consejo de Monumentos Nacionales de Santiago y también de algunos académicos con documentación y acceso a las bibliotecas como la de la Facultad de Arquitectura. Fue un gran trabajo de investigación y también de gestión.  Envió cartas al Rector, el Intendente, el alcalde y la solicitud formal al ministro de la época.
Durante todo este tiempo siempre estuvo pendiente, insistiendo. “A don Mariano Catalán, que está a cargo de monumentos históricos, le decía que tenía paciencia, pero que debía salir antes de los 100 años de la Universidad. Yo llamaba muy seguido y me decían que se demoraba en darle la categorización a un edificio y yo estaba pidiendo cuantos edificios. Esto se debe a mi formación, no está dentro de mis libros el no se puede”, afirma la profesora.

Finalmente logró sus dos objetivos. En 2016 obtuvo su doctorado en Arquitectura y Patrimonio Cultural Ambiental de la Universidad de Sevilla, aprobada con calificación sobresaliente y distinción Cum Laude, y el mismo año el Consejo de Monumentos anunció públicamente la aprobación de su solicitud.

Carmen sabe que el anuncio de la decisión del consejo fue una sorpresa para muchas personas, pues no sabían que se estaba tramitando, y que incluso algunas temieron que la categorización pudiera tener un impacto negativo, que descarta de plano. “El trabajo que la Universidad viene haciendo por muchos años es de conservación. La categorización pudiese tener una implicancia negativa cuando tengo un bien que puedo querer vender, pero cuando es una institución que claramente va a querer conservar por siempre su legado, esto solo viene a enaltecer ese trabajo excelente. Además, les viene a ayudar, porque ahora se pueden elevar proyectos y el ministerio puede apoyar con recursos. Si esto se hubiese hecho antes del terremoto, habrían tenido recursos del ministerio para levantar el edificio de Química, que pudo haber sido idéntico al que había. Yo soy penquista y a mí me hubiese gustado que quedara igual. Muchos arquitectos no gustan de los falsos históricos, pero yo lo habría preferido, porque creo que había que conservar la propuesta de Duhart en su época”, sostiene.

Lo que más valora de la categorización es el apoyo en el resguardo, en la conservación, que esto implica. “Un guardia de la UdeC el otro día me dijo que estaba tan contento, porque hasta él se siente protegido ahora, porque hay una ley que protege estos edificios. Esto también ayuda a educar, a que tomen conciencia de su valor, para que no la ensucien, no la rayen y no la destruyan”, enfatiza.

Respecto de cómo se siente en lo personal con el éxito de sus gestiones, la profesora reconoce que “como penquista me siento feliz, y feliz también de haber seguido la idea de estos grandes hombres visionarios, que plantearon este lugar para los penquistas. Poder poner este granito ahí, para su conservación y que se entregue más masivamente la información, que la gente lo conozca y lo valore. El día que supe que esto ya estaba terminado me fui al cementerio, a ponerle un ramo de flores a don Enrique Molina, porque él, junto con don Virginio Gómez, fueron hombres visionarios y sin ellos quizás yo no hubiera tenido donde estudiar en mi ciudad o habría estudiado en un edificio feo de 15 pisos”.

Carmen no para, ya está mirando otros proyectos. Además de continuar dirigiendo las investigaciones de sus alumnos, ya fue a hablar con los Mercedarios, para evaluar la posibilidad de agregar un nuevo monumento nacional a Concepción.

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