El hilo de la madeja

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Hugo Corvalán Basterrechea
Médico UdeC, MSc in Medical Demography
Ex Director para América Latina y el Caribe del Fondo de las Naciones Unidas para la Población

 

 

Los adultos mayores, a quienes muchos nos llaman abuelitos, a pesar de no existir parentesco alguno con ellos, estamos sometidos a muchas discriminaciones, a veces intrascendentes pero a menudo de mayor peso, si nos detenemos a pensar en ellas.

Esta vez me referiré a lo que, en mi opinión, es una discriminación contra las personas mayores en el Tren Metropolitano de Santiago. El Metro permite a algunos ancianos comprar boletos rebajados en su precio, pero para ello exige tener un carnet con fotografía emitido por ese servicio público, como si el carnet de identidad no fuese suficiente prueba de la edad de una persona.  
Actuando en contra de mi instinto, a veces rebelde, decidí seguir las instrucciones de los funcionarios del Metro para conseguir el premio de un pasaje rebajado.

 Para gran sorpresa mía, la edad no es suficiente requisito para obtener un beneficio en este servicio público, que todos hemos contribuido a construir de diversas maneras. Los favorecidos con el pasaje rebajado deben ser mayores de 65 años de edad y poder probar que son jubilados. Es decir, aquellos que no tuvieron contratos de trabajo o no se los dieron, como a menudo ocurre en muchas latitudes del territorio, no pueden beneficiarse de los servicios del Metro y contar con un tan necesario pasaje rebajado en nuestro querido país, donde la mayor parte de los ciudadanos tiene pensiones miserables.

Como me explicó uno de los funcionarios en las oficinas de Atención al Cliente de la Estación Moneda del Metro, existe un convenio entre la empresa y una asociación de jubilados, que no pudo especificar. A esta altura de las explicaciones los más de treinta tristes y compungidos “viejos”, que resignadamente esperaban atención, comenzaron a retorcerse en sus asientos ante el insólito cuestionamiento a la justificación de la discriminación que, en mi opinión, sufre la ciudadanía.
Le argumenté al joven empleado, que el criterio para otorgar el beneficio, que además requiere de una renovación todos los años, del bendito carnet de viejo del Metro, es injusto sobremanera porque deja fuera a todos aquellos que más lo necesitan y excluye a la gente de provincias, que no tienen el tiempo para tan largo trámite.

La contestación del funcionario fue que las reglas son así y que el Metro es una empresa privada con solo un 40% de participación del Estado, pero la razón principal de la discriminación contra algunos viejos, según el funcionario, es que el tema del Adulto Mayor no tiene  el estatus de política pública, con lo cual el hilo de la madeja comienza a tener algo de sentido. Pero, ¿Cómo es posible que un servicio público no atienda a las necesidades de los más vulnerables?

Investigué si el Metro es público o mayoritariamente privado y la información obtenida de Internet indica con claridad que el Metro ha sido objeto de intentos privatizadores desde hace mucho tiempo y por muchos empresarios, pero que su propiedad pertenece al Estado Chileno en un 37,25% y a CORFO en un 62.75. En mis libros esta última entidad también pertenece al Estado, de manera que resulta del todo incongruente que no existan políticas públicas para los adultos mayores y que no podamos beneficiarnos de los beneficios de empresas claramente estatales.  

Estos incidentes menores, pero no por ello irrelevantes, me hicieron pensar en un experimento con monos del cual leí hace algunos años.  No sé si realmente se trata de un experimento científico o es el producto de una mente preocupada del comportamiento humano y tal vez inventado. En todo caso el experimento dice algo así:

“Un grupo de científicos introdujo cuatro monos en una jaula, en cuyo centro situaron una escalera y, sobre ella, colgando desde el techo, dejaron un buen racimo de plátanos.
Cuando uno de los monos subió la escalera para apoderarse de aquellos plátanos, los científicos lanzaron un chorro de agua fría sobre los monos que se quedaron en el suelo, repitiendo el procedimiento cada vez que uno de los monos intentaba tomar los plátanos.
Después de algún tiempo, cuando un mono iba a subir la escalera, los otros bloqueaban su intención, bajándolo de la escalera y lo agredían para impedir que subieran a apoderarse de los plátanos y así evitarse la molesta ducha de agua fría.
Transcurridos algunos días, ningún mono subía ya la escalera y eso a pesar de la tentación evidente que suponían los plátanos fáciles de alcanzar por la escalera.
Llegados a este punto, los científicos sustituyeron a uno de los monos. Lo primero que hizo el nuevo inquilino de la jaula fue subir la escalera, siendo rápidamente bajado a golpes por los otros monos que lo golpearon por el simple hecho de haberse atrevido a hacerlo.
Después de algunas “palizas” mas, el nuevo integrante del grupo renunció a subir la escalera para alcanzar los plátanos.
Un segundo mono fue sustituido y volvió a ocurrir exactamente lo mismo, siendo golpeado por el resto de la manada  e incluso el primer sustituto participó con entusiasmo en la paliza al novato.
Un tercer mono fue cambiado y se fueron repitiendo los hechos de la manera descrita. Finalmente el cuarto y último de los monos veteranos, fue relevado.
Los científicos se quedaron entonces con un grupo de cuatro monos que, aun cuando nunca habían recibido un baño de agua fría, continuaban golpeando a aquel que intentase alcanzar los plátanos subiendo la escalera.”

“Las cosas por aquí siempre se han hecho de esta manera, habrían respondido los monos si se les hubiese preguntado por su conducta y si pudiesen hablar”.

Esta respuesta coincide exactamente con lo manifestado por muchos de los viejos que esperaban, molestos pero sin chistar, para obtener su credencial del Metro, empresa pública a todas luces que agrega insulto, pérdida de tiempo y malos ratos a viejos que creen no poder defender sus derechos, o que han sido manipulados, como muchos de nosotros, llegando a pensar que nada puede hacerse, porque así son las cosas en nuestro país, según lo dictan personajes y leyes omnipotentes.

Reflejo condicionado se llama este fenómeno en biología y nosotros seguimos siendo víctimas de este reflejo, aunque parecieran soplar vientos diferentes y de cambio, propiciados por los nietos.

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