Oídos Sordos

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Por Hugo Corvalán Basterrechea
Médico UdeC, MSc in Medical Demography
Ex Director para América Latina y el Caribe del Fondo de las Naciones Unidas para la Población

 

 

Tiene razón el adagio popular cuando dice: “No hay peor sordo que el que no quiere oír”. Por más de cuatro décadas, desde nuestros programas en Naciones Unidas, hemos transmitido a los Estados miembros las consecuencias de la dinámica poblacional o demográfica para sus economías y el bienestar de sus poblaciones. Desafortunadamente, pocos Estados prestaron atención a las cifras y proyecciones que nuestros técnicos les entregaron con lujo de detalles.

Estas proyecciones establecían, sin lugar a dudas, el significativo cambio estructural de las poblaciones de los países en desarrollo, que mostraban un rápido envejecimiento de las poblaciones, aumentando la proporción de mayores de 65 años de edad desde un 2 a 5 por ciento hasta alcanzar cifras superiores al 10 y 13 por ciento en pocos años. Esto es lo que ha ocurrido con Chile, actualmente con poblaciones proporcionalmente envejecidas que superan el 12% de mayores de 65 años de edad.

Hace más de cuatro décadas tratábamos de alertar a los países sobre las consecuencias de este fenómeno para sus políticas públicas de pensiones de retiro y, por ejemplo, del cambio en la estructura del tipo de enfermedades que afectarían a nuestro país o  cambio epidemiológico, por ello nos esforzamos en comunicar insistentemente la certeza de estos cambios para que se tomaran medidas adecuadas. La dinámica demográfica y la dinámica epidemiológica se movían a la par, cambiando la estructura de la enfermedad desde enfermedades agudas a enfermedades crónicas. Desde diarreas y enfermedades infecto-contagiosas a enfermedades degenerativas como cáncer,  enfermedades cardio-vasculares y problemas propios de la vejez.

Alcanzamos a trabajar con los gobiernos de Chile tratando de adaptar la formación de los cuadros profesionales de la salud al cambio epidemiológico  y demográfico. Intentamos persuadir a las Universidades para que ajustaran sus planes de formación de profesionales, especialistas y técnicos de la salud a dichos cambios. Lo logramos en parte, pero el golpe militar y la dictadura borraron de un plumazo dichos esfuerzos. Fue una tragedia no sólo para Chile, sino también para muchos países que admiraban nuestro sistema de salud y de formación de profesionales de la salud. Fue otro ejemplo del daño irreparable causado por la brutal dictadura, que impuso rectores militares a las universidades y uniformados de diversas ramas a las direcciones técnicas universitarias y de los diversos  servicios de salud del país, sin tener los conocimientos y experiencia necesaria. Fueron años duros, obscuros y aún no nos recuperamos de esa tragedia.

En esa sórdida época ni siquiera había oídos sordos, simplemente no se podía opinar o sugerir nada que no fuera parte de la verdad oficial, por ello no se desarrollaron políticas públicas adecuadas para formar los especialistas que hoy reclama la estructura de las enfermedades prevalentes. Simplemente no hay especialistas y, además, hay todavía oídos sordos, que no aceptan mirar los problemas de salud con otra óptica y los ejemplos abundan. Se piden más y más especialistas y las universidades, sobre todo las privadas, forman profesionales en especialidades que privilegian el retorno económico para los empleadores, las clínicas privadas. No se forman profesionales de acuerdo a lo que la población requiere.  No hay vocación pública en el país y las especialidades son elegidas por los futuros profesionales pensando más bien en enfoques de mercado antes de dar rienda suelta a sus verdaderas vocaciones  y las necesidades del país.

No cabe duda que faltan especialistas médicos de todo tipo, pero también olvidamos o ello no nos preocupa, por ejemplo, que los llamados programas de atención primaria, cuya fundamentación teórica es correcta, se hayan transformados en facilitadores de cuellos de botella en los centros hospitalarios de mayor complejidad, porque los profesionales de esos programas actúan como meros referidores de pacientes a los hospitales ya que, en general, no se les permite ser más resolutivos o no tienen, digámoslo honestamente, la capacidad para resolver los problemas que se les presentan. No es aceptable que un médico de la atención primaria no pueda resolver un simple esguince o diagnosticar y resolver un caso de diabetes o cualquier otro problema de salud, sin importar su complejidad, dentro de límites razonables. Su verdadera misión debe ser resolver de inmediato cualquier problema de salud,  ¿o es que   estudiaron más de siete años en la universidad para transformarse en meros referidores de personas a centros de mayor especialización?

Sin ir más lejos, hoy fui testigo indirecto de un caso de fractura expuesta del brazo de un hombre de mediana edad, que fue enviado al hospital regional respectivo para ser resuelto, de allí fue reenviado al hospital que lo derivó, donde, por alguna razón, no quisieron atenderlo de vuelta porque, burocrática y administrativamente, está inscrito en un hospital distante a más de 200 km. Sus familiares me llamaron para preguntar mi opinión y tuve que decirles que a pesar de que  nadie podía negar atención de urgencia a una fractura de esa gravedad,  lo mejor era tomar el toro por las astas y  llevar su caso al periódico y/o la televisión local para que la opinión pública pudiese juzgar la validez de esa medida administrativa. Como resultado de esta recomendación desesperada, me han informado que antes de finalizar el día el paciente ya había sido operado. ¿En qué país estamos? ¿Estamos llenos de personas que no ven ni oyen?  ¿O son simplemente burócratas flojos, irresponsables y sin conciencia?  ¿Es que no hay controles para este tipo de ineptitud o son millones los de oídos sordos, transformando a los servicios de salud en entes precarios e ineficientes?

Otro ejemplo. En Chile se mueren anualmente más de cuatro mil personas por cáncer gástrico, muchos de ellos asociados a una infección por la bacteria llamada helicobácter pylori, hoy día de fácil diagnostico, porque se cuenta con métodos simples y no invasivos para detectarlo, aunque siempre puede ser conveniente acompañar el diagnóstico con una endoscopía gástrica. Sorprendentemente, poca gente y pocos trabajadores de la salud, incluyendo a los médicos, saben del helicobácter pylori y su estrecha asociación con el cáncer gástrico y sus riesgos, a pesar de que los especialistas claman por acciones preventivas. Por otro lado, en el país mueren anualmente unas 40 personas debido a infección por virus hanta, pero todos sabemos cómo protegernos de ese riesgo, por lo cual hay que felicitar a las autoridades por sus campañas sanitarias. Esto permite pensar que parece haber oídos sordos en ciertos niveles de la atención en salud que no quieren escuchar cómo prevenir enfermedades de alto riesgo a  costos relativamente menores. ¿No saben, no quieren escuchar o el sistema no les permite actuar?

Más ejemplos.

Se ha insistido, persistentemente,  en la necesidad que Chile forme geriatras con urgencia (solo existen 80 en el país), para atender la creciente población de personas mayores que no reciben la asistencia que requieren, pero no se sabe de medidas para corregir esta grave falencia. Por el contrario, observamos con alarma la falta de políticas públicas adecuadas para las personas mayores que requerimos de medidas especiales para resolver nuestros crecientes problemas. Muchos oídos sordos, en todas partes, que parecieran no querer escuchar lo que dicen las estadísticas vitales y lo que se les anunció hace muchos años, por esos oídos sordos estamos ahora sufriendo, como país, las consecuencias.

Los fondos de pensiones, inventados durante la dictadura, supieron escuchar las proyecciones de lo que sería la actual estructura por edad de la población chilena, se prepararon, protegieron y han hecho, como todos sabemos, ganancias millonarias con ello.

Ejemplos de oídos sordos, y además ceguera en la formulación de políticas públicas para las personas mayores, hay muchos, y lo que ocurre con el Metro de Santiago es paradigmático. Para obtener una pequeña rebaja en el pasaje los viejos debemos obtener un carnet especial en sus oficinas, que requiere comprobantes de sueldos o pensiones, copias del carnet de identidad y fotografías, además de la obligación de renovar anualmente dicho carnet, demasiados trámites, como si nuestra cédula de identidad no fuese suficiente para mostrar nuestra edad y que todos los años nos ponemos más viejos. 

Esta Insólita estupidez, una más de nuestro país, se le debe haber ocurrido a algún bien pagado gerente, mientras calculaba su jubilación. Es difícil entender  que este beneficio, de una empresa pública, sea solo para personas que pueden probar con documentos que trabajaron alguna vez, cuando hay miles o millones que requieren mucho más de esta ayuda porque ni siquiera tienen una pensión para sobrevivir en su vejez.  ¿No basta el carnet para probar que se es viejo?

Hace poco estuve viajando en Europa, viaje que puedo pagarme y al mismo tiempo tener derecho a una rebaja del pasaje de Metro, lo que no puede conseguir Juan, el jardinero del edificio donde vivo. En todas partes, pude beneficiarme de las rebajas disponibles para personas mayores. Nunca me pidieron que probara mi edad, habría sido una falta de respeto y les bastaba con mirarme a la cara. La diferencia está en que allí consideran que los viejos estamos viviendo los años dorados y de alguna manera todos sienten ganas solidarias de colaborar en ello.  Se trata de otra forma de mirar la vida, pero no sé qué pensarían de nuestro país si supieran lo que ocurre en estas latitudes, donde no se quiere reconocer la contribución que alguna vez hicimos, colectivamente con nuestra sociedad.

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