“Kalkú La maldición del Tesoro Sangriento” y su configuración en torno a la mitología mapuche

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Por Johanna Martin Mardones
Licenciada en Artes Plásticas, mención pintura
Magíster en Literatura Hispanoamericana
Diplomada en Gestión Cultural y Comunicación
Johannamartinm@gmail.com

 

 

A fines del año pasado, no recuerdo exactamente la fecha, llegó a mis manos para su corrección un libro de un joven que deseaba publicar su primera novela.  Su intención era que el texto fuera revisado por un profesional para su pronta publicación. Cuando me reuní con Claudio Montoya, autor del trabajo escrito, y su esposa Olga Sánchez constaté la ilusión de ambos por sacar este proyecto adelante. Allí me enteré que Montoya no sólo buscaba instalarse como un escritor emergente, sino que además, su vínculo con el arte lo había llevado a trabajar en las artes visuales en el ámbito de la plástica y la escultura. 

Ambas líneas de trabajo, al igual que su narrativa, basaban su mirada en la mitología por lo que entendí que sus inquietudes abarcaban un nutrido abanico de posibilidades y que el proyecto “Kalku, la Maldición del Tesoro Sangriento”, como había denominado a su novela mitológica, se extendía a otras disciplinas buscando vínculos rizomáticos más allá de lo meramente discursivo. La novela lo amerita, pensé, y las siguientes lecturas lo corroboraron.

El libro, a lo primero que tuve acceso me pareció, en una primera lectura, un profuso mundo de ideas y relaciones, el autor manejaba información relevante, educativa y nueva sobre la cosmovisión mapuche, dando cuenta de los ocho años de investigación que había realizado en torno a nuestros antepasados, previo a la escritura del texto. Su trabajo narrativo se hizo para mí interesante y a la vez misterioso. Había que solucionar algunos errores que no afectaban el núcleo dialógico que Montoya había creado más allá de su propia lógica discursiva. Sí, claro que había errores, no debemos olvidar que éste era su primer libro, sin embargo, la materia prima latía en el corazón de la novela y también en el de Montoya, eso pude verlo con claridad en las siguientes lecturas, pero sobre todo cuando se refería a ella como un hijo recién parido. Y eso era “Kalkú La Maldición del Tesoro Sangriento”, la revisión lo constató,  un hijo recién parido que comenzaba a abrir sus ojos y prometía caminar velozmente.

La novela mezcla de realidad y ficción crea y recrea mundos paralelos manteniendo como eje central personajes e historias del pueblo mapuche que arman el entramado medular. El relato trabaja en función de iconos que se manifiestan como símbolos de la vida mapuche en relaciones atemporales en que somos acercados al antepasado indígena y también a personajes del presente. La correlación temporal abre un espacio narrativo interesante de examinar dado el vínculo que el lector mantiene con lo ancestral (pasado)  y a la vez con la posmodernidad (presente), lo que mantiene una dualidad permanente en la que insiste y persiste la narración.

La caracterización de los personajes es otro lugar desde donde se construye narrativa. Los personajes  creados  desde la cosmovisión mapuche avanzan hacia una tensión misteriosa que se configura en un entramado mundo de leyendas y ritos, tan propio de las raíces de nuestra cultura. La cadencia narrativa mantiene una carga y densidad no exenta de barroquismo, que de a poco Montoya fue limpiando en su propio proceso de aprendizaje y especialmente en su devenir narrativo.  Esa es, sin duda, una característica del autor presente también en su trabajo plástico. Sus pinturas, con importante cercanía al muralismo, se encuentran plagadas de elementos y símbolos oníricos con un marcado estilo surrealista. Pareciera que en Montoya  todo es abundancia, la síntesis no forma parte de su configuración estética primera, este fenómeno de saturación visual y narrativo es interesante de analizar cuando la novela construye y arma ambos universos en la relación unívoca del mundo mapuche y el mundo huinca, cada uno en el vínculo ineludible con el otro y la mirada obligada a la alteridad mapuche planteada en una ambiente de encuentro y desencuentro. En esta dinámica los elementos aparecen diseminados en un escenarios amplio donde todo fluye, se conecta y concentra, como si Montoya quisiera que esa fuera la relación de las cosas, o tal vez sólo se logra intuitivamente en la búsqueda del autor por relacionar ambos mundos en una historia ficticia que se vuelve densa y corpórea a medida que avanza la lectura.

La postura del autor de desarrollar de manera paralela la narrativa, la pintura y la escultura, poniendo en juego los elementos bajo una mirada común, es una actitud muy contemporánea que se está instalando como una nueva forma de construir arte, es decir, desde distintas miradas construyendo una realidad tridimensional recorrible que propone un diálogo intertextual con lenguajes disímiles para construir un único cuerpo que también es orgánico, cuya alma, para utilizar conceptos propios de la escultura, es el trazado regulador de las distintas tendencias que de manera somática se comunican y unen en un diálogo complementario.

La novela de Montoya, de más de trecientas páginas, forma parte de la tendencia e interés de algunos escritores jóvenes por la narrativa de ficción vinculada a lo surreal y onírico con importantes acercamientos a temas de carácter histórico formativo. Aporte significativo en el ámbito de la educación en Chile, especialmente en la deuda que tenemos con el pueblo mapuche, por lo que su análisis se torna complejo en la búsqueda de generar una mirada directa, por ello la relación rizomática de la propia narrativa en su íntima concepción,  así como los elementos en juego que la acompañan y potencian, forman un armazón sugestivo, seductor y atractivo de ser explorado.

Espero que pronto Claudio Montoya, escritor emergente, lance al mundo su novela “Kalku La Maldición del Tesoro Sangriento”, para leer y releer, para disfrutar y compartir esta interesante y atractiva novela.

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