Deslindar los bordes

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Por Johanna Martin Mardones
Licenciada en Artes Plásticas, mención pintura
Magíster en Literatura Hispanoamericana
Diplomada en Gestión Cultural y Comunicación
Johannamartinm@gmail.com

 

 

Componer, hacer y des-hacer, bordar y estampar el cotidiano es el diálogo que las mujeres de Copiulemu han mantenido vigente por más de cuarenta años. El hacer cotidiano es recuperado en el gesto de hilvanar, la memoria es rescatada a través de pequeños relatos que cuentan la otra historia, la no oficial. Su composición bajo el íntimo acto de coser-decorando, se despliega visualmente e instala un espacio saludable de ingenua ruralidad, sin que sea posible intervenir, porque la escena se instala como una consigna que relata y da cuenta de la vida familiar, las creencias, los valores y costumbres de una cosmogónica identidad campesina.

El acto silencioso de bordar con agujas e hilo en la soledad del hogar, así como hacerlo bajo el murmullo colectivo de las mujeres reunidas, recupera el pasado, instalando en el presente no sólo el resultado visual, el tejido que no termina en la decoración, sino que apela a alteridades y sucesiones culturales. Hay ahí un diálogo silencioso, como diría Sonia Montecino “la antigua relación de las mujeres con el hilo (…) doble vínculo por cuanto desde las manos, saberes y haceres femeninos, la reproducción cotidiana y el arte se conjugan, entrelazan y alían (…)”

La mujer campesina conectada con el sentido de pertenencia hace y protege a la familia con su tejido homologando un manto cuya urdimbre aprieta, une y sostiene los invisibles lazos fraternos. Lo femenino se hace presente, las costuras son costras en la constitución de la vida; las costuras son trazos, hebras enredadas y desmadejadas como la propia existencia en el hacer de cada día.

Los dibujos que conforman la composición: árboles, animales, caminos, flores se presentan saturados de información en esa relación directa con la naturaleza y su esencialidad, la mirada va construyendo la cosmovisión y la recrea en el espacio imaginario cuya runa grafica que la precariedad preserva una estética de la identidad. La memoria teje y establece el vínculo natural entre la mano tejedora y la herramienta (aguja), mostrándonos una manera de vivir y de concebir la realidad y el mundo. Así las matrices compositivas se convierten en grandes relatos que escapan a su asignación territorial, lo periférico, para constituirse en centro y desde ahí hablar-contar  acciones cotidianas.
Hace sólo unos días se hizo el lanzamiento del foto-libro “Copiulemu mujeres bordadoras” que, de manera fundamentalmente visual, da cuenta del trabajo realizado por las mujeres de Copiulemu. En sus primeras páginas encontramos una introducción de la antropóloga y escritora Sonia Montecino que, sin duda, es un gran aporte por la trayectoria, experiencia, cercanía y sensibilidad de la autora con estos temas.

Las imágenes fotográficas de Manuel Morales muestran los lugares donde trabajan y habitan las mujeres bordadoras, la intimidad de los espacios donde nacen y se proyectan los bordados. Las fotografías rescatan, en pequeños detalles, las vidas que pasan y se quedan, los olores y los sabores, iconografías que van potenciando el relato que subyace paralelo.

El rescate antropológico de Marcela Bahamondes que forma parte de este libro, y que lo instala como texto etnográfico, es otra forma de aludir a la escena, en ese espacio el relato se hace visual en las voces de sus protagonistas, encontrando sentido con las imágenes tan bien logradas en sus primeras páginas. Hay un rescate del paisaje: el doméstico, natural y rural en las voces de la señora Norma, de la señora Raquel, de Flor, Elvira y de tantas otras. Es un paisaje que se hace carne en los bordados para escuchar los susurros del campo y la brisa, para ver las miradas de los niños y la sonrisa de los viejos, para escuchar cantar los pájaros, ver correr los animales y cómo se abren y cierran las flores del campo.  

El trabajo realizado por las mujeres de Copiulemu, gracias a la organización de Rosmarie Prim, nos confronta a una doble tarea: su propia labor artesanal y nuestra labor en una accionar aparentemente pasivo. Raspar la memoria, friccionar, meditar y tensionar los lugares donde fluye y convive el legado de una historia que se teje en un continuum traspaso de las abuelas a las madres y de éstas a sus hijas.

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