¿De qué hablamos cuando decimos patrimonio cultural?

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Por Armando Cartes Montory
Master of Laws y Doctor en Historia
Profesor asociado de las Facultades de
Humanidades y Arte, y de Ciencias Jurídicas y Sociales

Si se trata del patrimonio regional del Biobío, nos referimos al testimonio, material o inmaterial, de los procesos que conformaron la Región: la industria, la minería del carbón, las migraciones o la agricultura tradicional son buenos ejemplos. Si buscamos, en cambio, la monumentalidad en una región arrasada por terremotos y las guerras civiles de otrora, no la hallaremos, a pesar de su centralidad en la Conquista o la Independencia de Chile. Debemos, por lo mismo, ir a manifestaciones más modestas y dinámicas del patrimonio, si queremos re-conocer positivamente nuestra memoria común.

Culturalmente, la riqueza de la región es enorme, lo que contrasta con la pobreza material que puede observarse. Una dimensión notable de aquel valioso legado la representan  los pueblos originarios, en creciente valorización por nuevos hallazgos arqueológicos y por la apreciación de sus prácticas culturales. Es innegable que vivimos un proceso de reetnificación, en que muchos elementos de lengua o medicina tradicional, entre otros, se están recuperando.  La convivencia con el mundo hispano aportó un sincretismo muy interesante. Baste con mencionar los textiles mapuche, utilizados en todo el reino y más allá; y la platería de aquel pueblo, que fue posible gracias a los metales aportados por los criollos. La imagen distintiva de la Frontera que conocemos se conforma también con los procesos migratorios europeos del siglo XIX. Estos aportaron numerosos colonos, de diversas nacionalidades, que complejizaron el tejido social y cultural de la Frontera: franceses, alemanes, vascos, suizos y hasta boers dejaron por doquier la impronta de su arquitectura y sus formas de vida, que empieza a perderse, ante la avalancha uniformadora de la modernidad.

Una de las características del Bío-Bío, como región, es su diversidad. Su territorio comprende grandes ciudades, 400 kilómetros de costa, con puertos y bahías, un hinterland agricultor y una extensa zona cordillerana. Es una zona de transición geográfica y cultural, que articula el sur lluvioso y pecuario con la zona central, más seca, agrícola y vitícola. No es igual con otros espacios regionales, que tienen vocaciones más definidas. Esa diversidad es nuestra mayor riqueza.  Dos marcas identitarias de la Región, entre otras que pudieran proponerse, son el río Bío-Bío, que determinó las condiciones del poblamiento y ocupación del territorio, el transporte, la defensa y muchos otros procesos; y, en segundo lugar, según he dicho, la condición fronteriza, que permite atribuirle la condición de crisol del pueblo chileno, como fruto del mestizaje y matriz de un pueblo original.

¿Cuáles son los desafíos para gestionar el patrimonio cultural común? Es necesario, en primer término, un consenso acerca de cuáles son los valores culturales que interesa conservar y promover. A continuación, definir los testimonios materiales que requieren protección, ya sea en términos de contención, restauración o puesta en valor. Hace falta un relato compartido sobre la conformación histórica de la región, que luego pueda “ilustrarse” con elementos tangibles o intangibles. No creo en el patrimonio al margen de la historia. Adicionalmente, se requieren políticas centrales y regionales que incentiven, realmente, la conservación. Las actuales suelen generar frustración y, peor, estimular la destrucción deliberada, para sustraerse a las restricciones que no se acompañan de recursos.

Hay una tarea pendiente muy grande de crear conciencia en la ciudadanía, de manera que se haga responsable y asuma la gestión patrimonial, en conjunto con las autoridades. De eso se trata el Día del Patrimonio, que cada año se vive con más fuerza. Es un conocer para valorar y luego, ojalá, comenzar a actuar.  


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