La “Cruz” como ícono fundacional en el trabajo escultórico de Rosmarie Prim

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Las cerámicas-esculturas de Rosmarie Prim son pensadas bajo códigos específicos, sería muy difícil no establecer relaciones directas y claras cuando nos enfrentamos a ellas. Hablo específicamente de las “Cruces”, producción escultórica en la que representa, de manera abstracta en algunos casos y en otras más evidentes, la imagen de una “Cruz”. La escultora ha desarrollado entorno a este concepto un número importante de imágenes volumétricas hechas en greda de distintos tamaños que dan cuenta de su producción escultórica y de su cercanía con el tema religioso del que se siente cercana y de la cual no ha podido abstraerse.

La cruz,  elemento icónico trabado por la escultora lo convierte en el símbolo mayor de su composición bidimensional o tridimensional en algunos casos, en una relación directa con el pensamiento del cristianismo, atribuyéndole un abanico de posibilidades formales.

La relación que establece la forma pregnante que entendemos cuando hablamos de “cruz” viene a proponer un entrecruzamiento de fuerzas que se encuentran y disponen hacia sus extremos. Esta relación de vectores incorpora en su esencialidad la idea de toparse, superponerse, encontrarse con otro, en una relación amorosa donde uno sostiene a otro y el otro a su vez descansa en el uno. Sin embargo, Rosmarie ha incorporado el movimiento como parte esencial de su composición, movilizando los vectores en su relación de contrarios, contemporaneisando la imagen, sustrayéndola a su visión primaria y elemental de verticalidad y horizontalidad tan significativa en el ámbito religioso. En este sentido, la alteración mínima o mayor de sus elementos constitutivos da paso a una diagonal que adquiere preponderancia cuando a partir de ella se genera un desequilibrio que articula esta “nueva imagen”. La movilidad que impone la alteración de sus vectores incorpora en su naturaleza misma renovados códigos y elementos que proponen un “nuevo diálogo” de la composición misma y también con el observante, la reunión de elementos (composición) se mira hacia adentro en la intimidad de su constitución primaria de la que se desprende, en un acto generoso de entrega y apertura hacia lo otro-el otro, para generar lazos comunicantes. Es la mirada de la artista que busca, alterando la naturaleza misma del lenguaje, una propuesta nueva, un (des)equilibrio corporal y corpóreo de sus elementos en la simetría estricta de su constitución, instalándolos en un escenario donde el ícono mayor arrastra un código nuevo.  La “cruz” como ícono-símbolo mayor deviene una relación ya no sólo religiosa sino espiritual, la cual se prolonga hacia el cielo desde su raíz. La proyección del elemento vertical es la elevación de sí en busca de su propia proyección así como la horizontalidad va en busca del equilibrio sostenedor, ambos en la búsqueda de una armonía de relaciones instaladas en un juego dinámico que se sostiene en un “cuerpo volumétrico mayor” que es finalmente la composición total.

La textura es otra herramienta trabajada por Rosmarie en la búsqueda de significado, la rugosidad que le impone a la materia con la que trabaja, así como la semejanza con la piedra son “relaciones de sentido” que refuerzan esta “nueva relación dialógica de formas” en aparente antagonismo.

La imagen que representan las esculturas rosmarinas no necesita de la representación  de un hombre crucificado, la “cruz” como símbolo mayor instala invisiblemente esa efigie en su composición intrínseca, de manera que la artista se resta a esta imperativo y le otorga a sus imágenes volumétricas un cierto misterio antagónico, donde la imagen ausente es presencia viva de lo que fue y de lo que (re)presenta y (re)presentará en la vida de los hombres.

La obra en su expresión mayor, es decir, cuando logra alcanzar su mayor grado de iconicidad se transforma en elemento sostenedor de todos los “pecados” y de todas las “injusticias”, aquello que no podemos explicar porque está más allá de nuestra propia lógica. El símbolo, bi-tridimensional propuesto por la escultora, asume los “pecados del mundo”, por tanto, el hombre encerrado en su propia incapacidad de redimirse se auto-representa en esta imagen que anuncia una realidad velada, misteriosa e inexplicable, y que Rosmarie logra atrapar y traspasar a sus receptores.

Las “Cruces” rosmarinas son una pieza fundamental y fundacional en la producción escultórica de la artista, sin desmerecer con ello el trabajo de los Tótems, formas fito-zoo y antropomorfas, los platos de gran formato, cabezas, torsos, entre otras, desarrolladas en su contradictorio corto y prolífero camino como creadora de volúmenes.

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