La Visión del Experto

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Tres propulsores claves del emprendimiento responsable

Carlos Baquedano Venegas
Académico e Investigador FACEA
Artículo publicado en revista Management y Empresa de FACEA

Para describir la vitalidad de una economía, los que saben utilizan diversos tipos de indicadores. Entre ellos hay dos que interesan en lo referente al ámbito del emprendimiento. El primero se relaciona con la idea de que el desarrollo de un país o zona es el producto de los esfuerzos de las empresas activas en la economía, las inversiones públicas y de la actividad de las nuevas empresas que se crean. El segundo se relaciona con el crecimiento o disminución del empleo, en el cual se observa que muchos de los nuevos empleos creados son el resultado de la actividad de las empresas nuevas que se incorporan a la economía y de los proyectos que las empresas ya existentes incorporan en sus  desarrollos y crecimientos. Pero, más allá de los indicadores, existen tres propulsores (drivers), entre otros que cobran relevancia al tratar de hacer cosas serias en cuanto al emprendimiento se refiere: presencia de actores críticos, el espíritu emprendedor y el clima para emprender.

 

Los actores

Como orientador del desarrollo económico, el gobierno debe desempeñar un rol activo, más allá de los discursos, de los diagnósticos o de las buenas intenciones, considerando seriamente el hecho de que una de las mejores y más prácticas formas de crear empleos es precisamente facilitando y promoviendo la creación de empleadores innovadores, ya sea mediante políticas que orienten y promuevan su desarrollo o generando directamente fuentes de financiamiento y formación, o sencillamente estableciendo reglas de juego parejas que faciliten y no entraben los procesos de creación de emprendimientos, es decir, un clima adecuado y proclive al emprendimiento. El aspecto más serio, en este caso, es que los gobernantes estén realmente convencidos de que los emprendimientos económicos, sociales, culturales y de otro tipo basados en oportunidades del entorno son factores críticos en  el crecimiento  y desarrollo económico de una nación, y que en virtud de ello, deben contar con un marco fluido de implementación y sustentabilidad. Si no lo considera así, lo más serio que se puede hacer es mantenerse al margen, pero estando consciente de los peligros que en ello subyacen. Varias iniciativas del gobierno y de parlamentarios se han venido realizando durante este último tiempo, pero algunas han carecido de la condición de integralidad y compromiso, produciéndose situaciones en que lo que se facilita en algún lado es entrabado en otro.

Diversas entidades educacionales, públicas y privadas, han asumido algunas con mucha seriedad y otras con menos, la idea de que el tema del desarrollo del emprendimiento es algo urgente como motor del crecimiento del país o de una región en particular. Al respecto, y considerando que el emprendimiento, más allá de la creación de un negocio o de una empresa, constituye una forma de pensar. Lo lógico es que su aprendizaje comience en las etapas más tempranas del proceso educativo, y tal como se enseña a pensar en otras materias del curriculum escolar, también debe existir la posibilidad de dejar fluir la innata habilidad de aprendizaje que poseen los niños: imaginando, jugando, explorando o preguntando sobre las cosas del día a día, pero correctamente encauzadas y monitoreadas hacia una gradual sistematización de la forma de pensar como emprendedores. Si ello ocurre, será más fácil que a nivel de la educación superior se formen los profesionales emprendedores que la sociedad chilena precisa para continuar en su senda de desarrollo. Pero para ello, también se requerirá estar convencido de la seriedad e importancia de esta formación, entre los directivos y formadores que asuman el desafío de emprender en el proceso de enseñanza aprendizaje que esto conlleva, contribuyendo a generar pensadores críticos, pero también solucionadores de problemas, con programas transversales y permanentes que vayan más allá de una moda o de un mero aviso publicitario en el mes de marzo. 

Aún cuando todavía no resulta nada fácil para una persona normal sacudirse de los bloqueos que la sociedad, la cultura, la educación, la idiosincrasia, los aspectos religiosos, la herencia, la empleabilidad, etc., consideradas en su visión más amplia, le han venido imponiendo desde muy joven, generando con ello efectos anti emprendedores en su actitud y por ende en su comportamiento, cada vez cobra más fuerza la idea de que el acto de emprender puede ser una opción de vida, en el día a día, en el trabajo o generando empleos  y como tal es susceptible de fomentar y de desarrollar. 

Una adecuada y seria combinación e interrelación de los actores señalados precedentemente, más la identificación de otras variables concurrentes en este campo, posibilitará la creación de una sociedad de emprendedores, despojada de las actuales preconcepciones  inhibidoras de la idea de emprendimiento: envidia, desconfianza, aversión al riesgo, condena del fracaso, añejas concepciones respecto del empresariado, estatismo, etc.

 

Una cuestión de espíritu

“Es que ha pasado todo ese tiempo y ninguna autoridad nos ha dado nada”. Frase muy común y recurrida en nuestro país  que refleja una actitud inmovilista de muchas personas, acostumbradas al facilismo y al asistencialismo, carentes de una visión de autologro y muy arraigada en la tradición de que son otros los que deben arreglar sus problemas. Obviamente hay sectores vulnerables que lo requieren, pero cuando pasa a ser cultura nacional se torna muy grave. 

Amén de la definición clásica del vocablo “espíritu” que se relaciona con "sustancia sutil, considerada como principio de la vida", los diccionarios concuerdan en relacionarlo con: "energía, ánimo, valor, brío que se necesita para obrar o hacer frente a las dificultades" o "parte inmaterial del hombre por la que piensa, siente, etc.". Ello también concordaría con ciertas características asociadas frecuentemente a aquellas personas consideradas emprendedoras.

De esta forma, el espíritu emprendedor vendría a constituirse en un proceso mediante el cual alguna persona o varias de ellas organizan sus esfuerzos, se arriesgan, buscan oportunidades para introducir cambios o innovaciones en algún ámbito en particular -al exterior o interior de las organizaciones-, sea éste de tipo tecnológico, social, cultural, económico, político, personal u otro. Se observa, en consecuencia, que el actuar de los emprendedores tendría como objetivo final el obtener algún tipo de rentabilidad económica, social o personal mediante la transformación o creación de nuevos productos, ideas o servicios que satisfagan una carencia detectada.

 Aunque en la práctica no resulta fácil describir lo que hacen las personas provistas de este espíritu emprendedor, es posible asociarlo con el hecho de crear algo nuevo y diferente, de buscar los cambios o reaccionar ante ellos o de explotarlos como oportunidades y en forma consciente o inconsciente realizar procesos que involucran ciertas etapas características, tales como reunir información, identificar las oportunidades de negocio, estudiar acuciosamente la viabilidad de la idea de emprendimiento, analizar la competencia actual y futura y verificar las posibles fuentes de financiamiento.

Según autores e investigadores, los componentes básicos que conformarían el espíritu emprendedor estarían radicados en cuatro ámbitos específicos: el primero se relaciona con el área de las motivaciones, en el querer hacer algo, razón por la cual la dedicación a ello será más extensa que si, por ejemplo, se lo hace por necesidad. En segundo lugar, concurren aspectos relativos a la personalidad, tales como la autoconfianza, la energía, la constancia, la tenacidad, y la capacidad de trabajo. Tercero, el desarrollo o aplicación de ciertas habilidades,  tales como las de negociación, las comerciales, las de trabajo en equipo y las de comunicación entre otras, consideradas imprescindibles en la conformación de este espíritu. Por último, y no menos importante, está todo el ámbito de conocimientos en gestión y administración, los que no necesariamente puedan ser relevantes al momento de iniciar un emprendimiento, pero sí en su mantención y desarrollo.

Junto con ello, otras cualidades personales, como la necesidad de independencia, las ganas de superarse, la visión de futuro y nuevamente la confianza en sí mismo constituirían la base del espíritu emprendedor. La necesidad de vencer obstáculos, una vez iniciado el proyecto, requerirá del accionar de un nuevo grupo de componentes de la personalidad que le permitirán al emprendedor enfrentar con éxito los problemas o situaciones negativas inherentes a la puesta en marcha de su emprendimiento. Deberá hacer gala de su capacidad innata o desarrollada de ponerse a prueba día a día, de probar su resistencia al fracaso, de reconocer su capacidad de cometer errores y aprender de ellos, de medir y sopesar los riesgos que está dispuesto a asumir y no morir en el intento y de su temple para resistir las presiones y el estrés que exige la creación de algo nuevo.

Otro grupo de habilidades que conformarían la esencia de este espíritu se relaciona con la necesidad de establecer relaciones dentro y fuera de la empresa o negocio. Reconocimiento y desarrollo de ciertas habilidades interpersonales que apunten a la generación de redes de apoyo para la sustentación del emprendimiento, tales como una habilidad comercial que incluya el conocimiento del entorno y de los mercados, una capacidad de comunicarse y de persuadir, un liderazgo que vaya más allá de la mera actitud de mandar y obviamente, la creación de una red de contactos que permita proporcionar los recursos de información, tecnología, financiamiento, asesoría, clientes, y proveedores, tan necesarias en esta etapa.

Con el emprendimiento en marcha, no es posible dejar de lado otros elementos relativos al espíritu emprendedor, ya que es en esta parte en que la gran mayoría de los esfuerzos emprendedores pierden su impulso inicial y muchas veces su destino final es el fracaso. Las habilidades que se relacionan con la gestión aparecen como las más importantes para mantener y hacer crecer el emprendimiento. El desarrollo de una capacidad para tomar decisiones muy ligadas a la creatividad, a la experiencia y el conocimiento es imprescindible, sobre todo en situaciones críticas. También es preciso el desarrollo de una capacidad de anticipación a la serie de cambios que ofrece el entorno, lo cual requiere de elementos de planificación flexibles y adaptativos para también flexibilizar objetivos y pensamientos en el manejo de la organización.

Entonces, volviendo al inicio, en donde se planteaba que la palabra espíritu se relaciona con "energía, ánimo, valor, brío que se necesita para obrar o hacer frente a las dificultades" o "parte inmaterial del hombre por la que piensa, siente, etc.", se observa con bastante concordancia que el hecho de emprender sería una cuestión de espíritu y, lógicamente, susceptible de desarrollar mediante la acción de los diversos actores de una sociedad.

 

Un clima para emprender

En climatología se entiende al clima como “la suma total de distintos elementos, por un período largo, en un lugar determinado”. Por ello, es necesario el estudio de los elementos y factores que potencien la permanencia y espacialidad de un clima para poder definir alguna zona climática específica apta para emprender. Si se observa desde una perspectiva más amplia este fenómeno, aparecen factores que afectan el clima emprendedor. Entre ellos, una falta de cultura emprendedora, relacionada con aspectos burocráticos, culturales, religiosos, educacionales y sociales, etc., unidos a mitos y creencias relativos al quehacer empresarial en particular y a la condición emprendedora en general. Así, algunas personas piensan que el espíritu emprendedor es sólo aplicable a la creación de cualquier negocio; otros se enfocan a las intenciones de los emprendedores, generalmente asociadas con el hecho de hacerse ricos; otros lo asocian con la sustitución del ingreso, cuando se tiene la idea de trabajar para uno mismo en lugar de hacerlo para alguien, en tanto que otros también incluyen entre los emprendedores a aquellas personas (intraemprendedores) que perteneciendo a una empresa buscan mejorarla. Todas estas ideas encajan perfectamente en la definición de un emprendedor, condición necesaria para comenzar a generar un clima para el emprendimiento. 

Otro factor climático relativo al emprendimiento es la percepción o realidad generalizada de muchos emprendedores reales y potenciales sobre la existencia de trabas burocráticas y excesivos trámites para crear una empresa o desarrollar un proyecto nuevo dentro de ella, siendo muchas veces esta apreciación sólo producto de una neblina informativa y comunicacional, la cual en lugar de clarificar la situación la torna más densa y espesa. Otros factores han nublado los horizontes emprendedores con concepciones y resabios que mitifican el quehacer empresarial y emprendedor como el hecho de privilegiar la orientación educacional hacia el profesionalismo "cartesiano" basado en el traspaso del conocimiento en desmedro de su creación y/o comprensión. La falta de una cultura emprendedora fomentada por un excesivo paternalismo de "una sociedad solucionadora, centralizada y protectora" que se traspasa hasta el seno de la sociedad familiar; ciertas concepciones religiosas mal entendidas o mal interpretadas y muchas veces contrarias a la "parábola de los talentos"; anacrónicas creencias respecto del "empresariado explotador y pulpo"; discursos políticos denostando al empresariado y su quehacer, olvidando su labor de motor del desarrollo y del empleo; el tradicional chaqueteo o envidia en la visión del éxito ajeno, etc. Todos estos elementos generan presiones atmosféricas indeseadas que provocan una desestabilización climática respecto de la idea de emprender.

Sin embargo, hoy es posible la creación de sectores climáticos, independientemente del clima general imperante. Tanto es así que se puede producir hortalizas propias del verano o primavera, en pleno invierno y viceversa. Obsoleta está la vieja y reiterada pregunta de si el emprendedor nace o se hace, ya que con condiciones climáticas propicias es posible potenciar características emprendedoras en cualquier etapa del ciclo de vida de una persona, dado que sus características son desarrollables en una sociedad ambiente, en que las fuerzas de dicho clima propicien y valoren el hecho de ser su propio empleador y generar empleo más que demandarlo o contar con un núcleo social y familiar que apoye e impulse a sus componentes a lograr metas, tal como ocurre en sociedades del hemisferio norte en que el aire se mueve en la dirección de las agujas del reloj. También es posible propiciar, a nivel de la sociedad, el que las personas gocen de independencia y que asuman la responsabilidad de sus acciones o que estén expuestas a un sistema educativo moderno y cuyas condiciones atmosféricas faciliten el aprendizaje y la creatividad o contar con pronósticos cada vez más acertados y reglas del juego que permitan determinar el propio destino y asumir los propios riesgos, etc.

Pero nuevos aires han comenzado a aparecer en el horizonte. Zonas isobáricas han empezado a establecerse en el país y particularmente en nuestra zona, en la cual instituciones públicas, privadas y universidades han asumido dentro de sus lineamientos las estrategias propicias para crear un clima de emprendimiento, que no sea percibido sólo como un fenómeno caprichoso o de alta rentabilidad económica sino como algo permanente, de agradable temperatura, con estaciones bien marcadas, con la cantidad de lluvia, humedad y sol que fomente una germinación del emprendimiento socialmente aceptable y sostenible en el tiempo. Es muy probable que estos elementos aún deban empujar con más vigor para vencer los anticiclones y fuerzas opuestas al emprendedorismo que todavía subyace en nuestra sociedad y que ésta se transforme en una zona climática libre de las inversiones térmicas generadoras de "smog".

En fin, sin el afán de cubrir in extenso todos los elementos que reflejan la necesidad de considerar al emprendimiento como algo muy serio y responsable, se han planteado varios factores a considerar en toda política integral para llegar a ser una sociedad de vocación emprendedora que mediante saltos cualitativos y cuantitativos nos lleve a seguir en la senda del desarrollo trazado y esperado.

 

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