Reflexiones a partir de Angelus Novus

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Andrés Cruz Carrasco
Abogado 
Magíster en Filosofía Moral Universidad de Concepción

                                          Diplomado en Estudios Políticos y Estratégicos (ANEPE-UDEC)

 

Era Septiembre de 1940. Por fin había accedido a las presiones de sus amigos y había decidido dejar Europa. Mientras muchos de sus contemporáneos ya se encontraban cómodamente refugiados en Estados Unidos, él había optado por continuar su trabajo en el viejo continente. Luego de haber salvado exitosamente gran parte del viaje junto con otros antifascistas judíos, llegó hasta Port-Bou, ciudad catalana ubicada en la frontera entre España y Francia. Era el día 26 de Septiembre, y el grupo fue detenido por policías franquistas, quienes al identificar a los refugiados decidieron entregarlos a la policía colaboracionista francesa, quienes, no cabía duda, los entregarían a la Gestapo. Para ellos, la frontera había sido cerrada. Con toda seguridad Walter Benjamin y sus acompañantes, terminarían recluidos en algún campo de concentración alemán, esto como consecuencia del conocido acuerdo entre la Francia de Vichy y el Tercer Reich, respecto de los denominados oficialmente como “los refugiados de la Alemania (les refugiés provenant d´ Allemagne)”. Más aún cuando se tratare, como era el caso, de conocidos contrincantes políticos.     

Benjamin era hijo de una acaudalada familia berlinesa judía. Pero había renunciado a los lujos que lo ofrecía su condición para seguir una carrera en filosofía, estética, teoría y crítica literaria. Y vaya que experimentó penurias. Con el advenimiento del nazismo en Alemania en el año 1935, decidió exiliarse en Paris, ciudad que tuvo que abandonar como consecuencia de la persecución nazi. De hecho, su departamento fue allanado y gran parte de sus libros y manuscritos fueron destruidos o confiscados. Alcanzó a salvar gran parte de su obra gracias a la ayuda que recibió de George Bataille, quien las ocultó en la Biblioteca Nacional de París. Benjamin había conseguido una visa de los Estados Unidos (se dice que por intervención de Max Horkheimer) e incluso una visa española de tránsito para llegar a Lisboa y desde allí embarcarse a Norteamérica. Pero había sido imposible obtener un salvoconducto de las autoridades francesas, quienes, para conseguir el beneplácito de los invasores alemanes, se habían negado sistemáticamente a brindar cualquier facilidad a los refugiados políticos provenientes de este país. Ese día 26 por la noche, a los 48 años de edad, Benjamin se quitó la vida. No pudo soportar más. Se dice que como consecuencia de su acto suicida, las autoridades españolas permitieron al resto del grupo proseguir su camino. Otros sostienen que Benjamin fue asesinado. La verdad nunca se sabrá. Además, la tumba del filósofo nunca fue encontrada, pese a los esfuerzos desplegados por uno de sus amigos y quien tomó sobre sí la labor de difundir su obra, Theodor Adorno. Al día siguiente la frontera española volvió a abrirse, tal como lo estaba el día anterior al 26 de Septiembre. 

¿Qué nos quedó de él? Una profusa obra literaria, que no fue sistemática, y, muy similar a Nietzsche, fue intempestiva. Elaborada en base a ensayos.

Yo descubrí a Benjamin cuando me encontraba reuniendo material para escribir mi libro sobre “Obediencia y Desobediencia Civil”. En particular, me hizo mucha fuerza un trabajo del autor de nombre “Para una crítica de la violencia”. En este ensayo, el autor, quien, pese a las dificultades que tuvo con este grupo, es frecuentemente identificado con la Escuela de Frankfurt, de tendencia marxista, esboza una tesis del materialismo histórico muy particular, que lo hizo granjearse varios enemigos en la izquierda dogmática. Él no veía en la dialéctica necesariamente una vía inevitable hacia el progreso. 

Un poco más sobre esto. Benjamin, en 1921, compra un cuadro llamado “Angelus Novus”, del expresionista suizo Paul Klee. Lo fascina. Era su fetiche. Antes de abandonar Paris en 1940, y como testamento filosófico, escribe “Conceptos de filosofía de la historia”, (que también ha sido traducido como “Tesis de filosofía de la historia”). Este cuadro se lo entrega a Bataille, quien después de la guerra se lo da a Adorno, quien a su vez lo dona al Israel Museum de Jerusalén, donde es exhibido hasta el día de hoy.

Vale la pena transcribir la tesis IX de estos Conceptos, en la que sostiene: “Hay un cuadro de Klee que se titula Angelus Novus. Se ve en él un ángel al parecer en el momento de alejarse de algo sobre lo cual clava la mirada. Tiene los ojos desencajados, la boca abierta y las alas tendidas. El ángel de la historia debe tener este aspecto. Su cara está vuelta hacia el pasado. En lo que para nosotros aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única, que acumula sin cesar ruina sobre ruina y se las arroja a sus pies. El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero una tormenta desciende del Paraíso y se arremolina en sus alas y es tan fuerte que el ángel no puede plegarlas. Esta tempestad lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro, al cual vuelve las espaldas, mientras el cúmulo de ruinas sube ante él hacia el cielo. Tal tempestad es lo que llamamos progreso”.     

A mi me marcó mucho este pequeño texto. Es algo críptico, pero claro si se piensa en el desenvolvimiento del caos de los hechos históricos. Cuando todos pretenden afirmar el irreductible avance de la técnica, del sistema económico, de la participación ciudadana. Cuando se nos manifiesta que hay cada vez menos pobres y más seguridad, nos encontramos con Bosnia, con Serbia, con Chechenia, con Rwanda, con Haití, con Libia, con Siria, etc. Que están a la vuelta de la esquina, en las que hay personas que se matan o se han matado unas con otras, en las que las necesidades son apremiantes y no se ve salida posible. Mientras, pequeños grupos concentran enormes parcelas de poder de toda naturaleza, y al dominar los medios de comunicación, se contentan en sostener que estamos avanzando.

Para no ir más lejos. ¿Recuerdan las ilusiones que nos hicimos en los ´90? ¿Recuerdan que nos abrazamos y lloramos porque todo iba a cambiar? ¿Qué pasó? Al parecer era más fácil administrar lo que estaba. Era más fácil concentrar parte del poder político y dejar que se concentrara aún más el poder económico. Era mejor dejar que el sistema educacional, que ya era malo, se desplomara sin decir nada. ¿Había otra manera de salir de la dictadura? Yo creo que no. A menos que hubiésemos asumido un inútil derramamiento de sangre que hubiese culminado con una consolidación del régimen.

Me van a tener que perdonar, pero soy de los que cree que la transición ni siquiera ha comenzado, que los pilares sobre los que se construyó la dictadura militar son los mismos que sostienen hasta hoy nuestra institucionalidad. Pese a la vanidad de un presidente que le puso su rúbrica a una Constitución Política en cuya génesis no participaron todos, por muchas reformas que se le hayan hecho, sigue siendo la misma. Nuestro muertos, los muertos de la dictadura ya no son vistos como víctimas, sino que como un estorbo, cuando los familiares sólo piden justicia. Si hasta el gran número de revistas alternativas o periódicos de trataron de marcar la diferencia, han sucumbido en nombre del “progreso”.

El ángel de la historia, al mirar hacia atrás, sin lugar a dudas constata que los que creíamos en la democracia, en la justicia social, en la igualdad, en la reivindicación, en fin, en el cambio, perdimos. Ya no podemos detenernos y volver a resucitar a nuestros muertos y recomponer lo despedazado. Todo sigue igual. La tempestad nos arrastró hacia el futuro y nos arrebató nuestras utopías.

De un golpe, nos arrebataron nuestros sueños. Y aquí estamos, preparándonos para participar en un proceso electoral en el que votaremos por los mismos de siempre, o por sus hijos, o por sus hermanos o por quienes las clases políticas y las económicas, las mismas que crearon la ilusión de los ´90, nos impongan como candidatos. Soportando como unos grupos minoritarios queman nuestras universidades con pliegos de peticiones absolutamente románticos e irrealizables o poco claros. No sé. Por el momento la oportunidad que queda es tratar de salir de la inercia y responsablemente participar, crear y buscar una salida alternativa, que nos permita no darle la razón a la interpretación de la historia de Walter Benjamin.

El filósofo argentino José Pablo Feinmann lo dice muy bien: “El ángel de la historia, el que ve horrorizado el paisaje de ruinas insensatas que es la historia de los hombres, quisiera despertar a las víctimas y construir algo nuevo con las ruinas. Pero el ángel es débil ante la historia, ante el progreso”. Sin perjuicio de ello, creo que entonces nos corresponde no olvidar a las víctimas, a nuestros muertos. Somos los vencidos, y como tales, debemos mantener la memoria y reconstruir nuestros sueños, nuestras utopías, levantarlas y hacerlas posibles, seguir luchando, para no morir en ninguna frontera, como ocurrió con Benjamin.

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