El sentido del miedo

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Andrés Cruz Carrasco
Abogado 
Magíster en Filosofía Moral Universidad de Concepción
                                          Diplomado en Estudios Políticos y Estratégicos (ANEPE-UDEC) 
 

El miedo. Que sensación aquella. Los que saben dicen que es un mecanismo de defensa, para prevenir y evitar males. Cuando se puede. Si es inminente, no hay más que soportar esa amalgama de angustia que se concentra en el pecho y que recorre todo el cuerpo. A veces, con gritos expresos o ahogados (Virgilio sostenía que por el miedo “La voz se me pegó a la garganta”). A veces, congela o impulsa conductas inesperadas para el que el que experimenta esta pasión, buenas o malas si las calificamos moralmente. Nubla o perturba nuestro juicio. Consecuencia de la incertidumbre de poseer el poder de controlar lo que vendrá y de la inseguridad. 

Soy de los que piensa que los acontecimientos, como hechos, como seres mismos sin sujetos, sino como sucesos, no pueden predecirse. Tal vez podamos explicarnos los motivos de un hecho, pero una vez que ya aconteció. Predecirlos con exactitud, al menos hasta hoy, es imposible.

Es el choque y conflicto permanente de fuerzas y energías que se desenvuelven de manera caótica en el medio social por imponerse, por el poder, lo que genera estos acontecimientos. Es la estrategia para controlar al otro. ¿Cómo? Con el miedo. Louis-Ferdinand Céline, en su excelente novela “Viaje al fin de la noche”, lo dice muy bien: De los hombres, y de ellos sólo, es de quien hay que tener miedo, siempre”. El mismo Hobbes construyó su tesis del contrato social sobre el miedo a los otros hombres (recordemos su manoseada frase de que “un hombres es un lobo para el hombre” “Y por tanto, si dos hombres cualesquiera desean la misma cosa, sin que ambos puedan gozar al mismo tiempo de ella, devienen enemigos; y en su camino hacia su fin (que es principalmente su propia conservación, y a veces solo su delectación), se esfuerzan mutuamente en destruirse y subyugarse”).  

Alguna vez me tragué esa afirmación de Rousseau, en el sentido que el hombre es bueno y la sociedad la corrompe. No hace mucho, y como duro aprendizaje de la realidad, escupí esta idea. Creo que no somos ni buenos ni malos. Somos libres de tomar nuestras decisiones, y son nuestros actos los que nos determinan en uno u otro sentido. Somos nuestras elecciones. Es decir, somos imprevisibles. Creamos todo un sistema de convivencia para evitar el miedo al miedo. Nada mejor para controlar al prójimo, que el miedo. Nada mejor para combatir al prójimo que causarle esta emoción. Así, las luchas entre hombres, los flujos de poder, tanto de autoridad como de otra naturaleza, se afianzan, se obtienen, se ganan o se pierden por el miedo. 

Infundir el miedo como estrategia política (para reprimir y luchar) siempre ha sido usado entre nosotros, ya sea por medio de la construcción de rumores o la difusión mediática. ¿Es bueno o malo el miedo? Como pasión simplemente es. Es decir, existe en nosotros. La mantenemos controlada. El problema surge cuando la fundamos en supersticiones o creencias que carecen de fundamento. O bien, cuando se nos engaña para someternos. Sin embargo, el miedo también puede ser adecuado, inspirado en la realidad e incluso en la sabiduría. No por nada, y hace ya harto tiempo, que Aristóteles al respecto sostenía en su Retórica “Por lo tanto, conviene poner a los oyentes, cuando lo sea que ellos sientan miedo, en la disposición de que puede sobrevenirles algún mal … y mostrarles que gentes de su misma condición lo sufren o lo han sufrido, y, además, de parte de personas de las que no cabría pensarlo y por cosas y en momentos que no podrían esperar”. 

Entonces, ¿qué nos queda? ¿Someternos al miedo? ¿Paralizarnos frente al mismo? ¿Vivir siempre a la defensiva? ¿Ser pusilánimes y no arriesgarnos nunca por miedo al miedo? Yo creo que no. Según Tito Livio, “El miedo está siempre dispuesto a ver las cosas peores de lo que son”. Hay que identificar sus causas, luchar contra él y vencerlo. Identificar a quienes nos ocasionan este miedo para someternos, conocerlos y saber cómo nos infunden el mismo. Y derrotarlos. Vencer su poder. Con voluntad de superación, de conocimiento y de verdad. “El máximo poder del miedo se demuestra cuando nos impele a la valentía que había sustraído a nuestro deber y nuestro honor” (Montaigne).  

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